Sarmiento: educación, democracia y república

Martes 12 de Septiembre de 2017

En la historia del país, Sarmiento vino a “fastidiar con escuelas” públicas, obligatorias, laicas y gratuitas, porque en las aulas residía el pasaporte a la igualdad.

Su designio familiar era inequívoco: Domingo debía ser sacerdote. Resistió ese destino. Cuando joven debería haberse sumado al partido federal, al que adscribían sus referentes. Rompió con ellos y guerreó junto a los unitarios. Torció así dos futuros prescritos. ¿Embajador en los Estados Unidos, gobernador de su pobre provincia natal… presidente de la nación y prócer de bronce? ¡Solo a él se le podían ocurrir semejantes metas! Sarmiento se construyó a sí mismo. Si nació con la libertad y la independencia no es menos cierto que toda su vida fue un culto intransigente a esas dos ideas.

Con la mira puesta en el progreso de una nación por hacer, enfrentó el autoritarismo -el de Rosas cuando muchacho, como el de Roca ya anciano- y fue capaz de enfrentarse con toda formación que sospechara “para pocos”. Uniendo dos conceptos hasta entonces disociados concibió “la educación popular como institución política”.

En efecto, se trataba de formar ciudadanos críticos, autónomos y responsables; industriosos y emprendedores. Porque la soberanía popular -ese era el concepto rector- es un régimen que se construye cada día y “de abajo hacia arriba”. Y por eso, alfabetizar: para generar ciudadanos protagonistas de la res-pública. Cuando era candidato a la presidencia un diario trató de desacreditarlo: “¿Qué nos traerá Sarmiento de los Estados Unidos, si es electo? ¡Escuelas! ¡Nada más que escuelas!”.

Y sí, Sarmiento vino a “fastidiar con escuelas” públicas, obligatorias, laicas y gratuitas, porque en las aulas residía el pasaporte a la igualdad. Hizo explícito su programa de gobierno. “Voy a hacer cien Chivilcoy”. En el modelo de la colonia agrícola se forjaba un país nuevo con democracia enraizada en la comunidad: educación, inmigración y agricultura e industria en lugar de ganadería con “olor a bosta”. Todo un proyecto de país en pocas líneas.

Solo los grandes estadistas ven lejos. Eso conlleva personalidades honestas y desinteresadas, despreocupadas por los réditos personales materiales. Apuntar a distancia, sin embargo, no niega el ser puntilloso e insistente en los detalles sobre lo cotidiano. El secreto de su virtud está en el hacer hoy y medir resultados cada día sin negociar con el elogio fácil, que es transitorio y esquivo.

Extrañamos a Sarmiento desde hace casi 130 años. Fue uno de esos escasos políticos argentinos que murió dignamente en la pobreza. Y que dedicó sus últimos años ˗y jugó su prestigio˗ a enfrentar la codicia y la corrupción instaladas en la administración del Estado: con 75 años de edad comenzó a editar El Censor para criticar al roquismo y denunciar los negociados de una oligarquía insaciable que concentraba el poder. Inventó el verbo “atalivar” –por Ataliva Roca, hermano del presidente--, como sinónimo de coimeo.

Fue Sarmiento un sacrificado gladiador de la vida: cuando partió hacia Paraguay se despidió de su nieto Augusto anunciándole su próxima muerte. Pero acompañó el presagio con un alerta: “¡Ah! Si me hicieran presidente les daría el chasco de vivir diez años más”.

Por: Ricardo de Titto

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