"La literatura tiene que ver con la ilusión de que algo sea posible"

Martes 17 de Octubre de 2017

Juan Villoro es intelectual, traductor, ex diplomático, autor de literatura juvenil y poeta popular, dio clases de Literatura en Princeton, Yale y Pompeu Fabra. También es dramaturgo: La filosofía de Clara se presenta en Barcelona y La desobediencia de Marte, en México. Su último libro es La utilidad del deseo.

Las rueditas de las valijas y el eco de sus zapatos interrumpen el silencio de la conferencia. Dos mujeres de uniforme ceñido y peinado tirante encuentran sitio para sentarse en el salón de Casa de América. Juan Villoro está recordando cómo gestó El disparo de Argón. Minutos antes de subirse al tren que cubre el trayecto Atocha-Sants, tuvo, en 1979, un accidente torpe que lo dejó tuerto por algunas horas. Fue en Barcelona, en la prestigiosa clínica oftalmológica Barraquer, ese edificio que pareciera salido de un cuadro de M.C. Escher, donde un joven mexicano fue curado con eficacia. Villoro habla de literatura, pero también habla de solidaridad, de bondad, del azar y de arquitectura. Culmina su conferencia y el moderador pregunta al auditorio, entre ellos escritores, profesores e intelectuales, si alguien quiere hacerle una pregunta. Una mujer de peinado tirante que jamás ha leído a Villoro pide el micrófono: "Mi compañera y yo entramos aquí por equivocación. Somos azafatas del AVE que cubre el trayecto Madrid-Barcelona y me ha emocionado mucho su historia porque mi padre y mi tía, ambos ciegos, se atendieron en esa clínica." Villoro abre grande sus ojos pequeños y dispara con sabiduría y perfecta dicción. "El azar objetivo existe. ¡Fíjense qué fecundos son los errores!"

Como un mago, Villoro encanta a quien lo escucha. Y a quien lo lee. El 19 de septiembre, el D.F. mexicano tembló y pocas horas después, en ese caos y desesperación, los rescatistas, los medios de comunicación y las redes sociales empezaron a entonar los versos flamantes de un himno sobre la tragedia. Villoro había escrito el poema "El puño en alto".

 

¿En qué contexto lo escribió?

Quise condensar en un texto un gesto que se dio espontáneamente entre los rescatistas de la sociedad civil, que era alzar el puño para que la gente hiciera silencio para escuchar si había el murmullo de quien todavía vivía entre los escombros. Era el gesto de la vida, pero también un gesto solidario.

 

¿Por qué un poema? Usted escribió 8.8: El miedo en el espejo, crónica del terremoto en Chile de 2010.

Se me ocurrió escribir una especie de letanía donde sintetizara las imágenes del terremoto y ese gesto de resistencia. Con las urgencias periodísticas, lo escribí en dos horas sin pensar en las consecuencias. Si tuviera que encontrarle un género literario, diría que es sismológico. Una réplica. "Desconfío de las personas que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo", escribí en Tiempo transcurrido. Me sentí abrumado con esa repercusión y también correspondido. Lo mejor de ese texto es que ya no es mío.

 

¿Qué opina del Nobel a Kazuo Ishiguro?

Simpatizo con él, pero creo que hay autores con más méritos en la tradición inglesa, como Ian McEwan. Me gustaría que lo ganara Philip Roth.

 

Están quienes quieren que, póstumo, lo reciba su amigo Bolaño. ¿Cómo se conocieron?

En un concurso para jóvenes autores en México, 1976. Él obtuvo el tercer lugar en poesía y yo, el segundo, en cuento. Nos hicimos amigos instantáneamente. Nos dejamos de ver durante años, cuando hablar por teléfono era caro. Lo retomamos cuando escribí un obituario nuestro amigo Mario Santiago [en Los detectives salvajes es Ulises Lima]. Roberto me llamó desde Barcelona. Yo estaba nervioso porque no quería que gastara dinero, y él era un fabulador, porque habían salido esas tarjetas de larga distancia donde era más barato hablar. Cuando me fui a vivir a Barcelona, recuperamos nuestra relación.

 

¿Cómo interpreta lo que ocurre hoy en cataluña?

En Barcelona nació mi padre, mi hija dio sus primeros pasos, allí di clases. Lo siento muy cercano. Es una deriva muy dramática la que ha cobrado. Si el referéndum de Carles Puigdemont no era vinculante, bastaba dejarlo suceder y no hacerle caso, pero al intentar impedirlo, se agredió a mucha gente y se las convirtió en víctimas. Por cada golpe que da un guardia civil surge un independentista. Es un problema que se ha planteado más de manera emocional que racional. Tengo amigos y parientes que piensan sentimentalmente en la independencia, sin ver las consecuencias. El nacionalismo propone otro país, un país conjetural que se basa en los deseos.

 

Precisamente sobre los deseos, La utilidad del deseo lo conecta con algo no racional.

Los hermanos Grimm ampararon todos sus cuentos con un lema: "Entonces, cuando desear todavía era útil". Es una idea muy presente en los cuentos de hadas, donde hubo una Arcadia, un tiempo pretérito donde era posible solicitar cosas y que se te cumplieran por el solo hecho de desearlas. La literatura tiene que ver con esto: la ilusión de que algo sea posible.

 

Debe haber deseado mucho de niño. Siempre recuerda lo estricto que era el Colegio Alemán.

Sí, mucho. Me acuerdo que nos hacían arrojar a un estanque de agua helada desde un trampolín al finalizar la asignatura. Los niños sufrían crisis de nervios.

 

¿Qué persiste en usted de aquella educación tan rigurosa?

A veces no puedes escapar a aquello a lo que repudias. Era un mundo donde yo no quería estar. Me hizo sentir muy inferior porque me costaba todo mucho trabajo. Era una lengua que no se hablaba en mi casa. Fue difícil esta educación, pero al mismo tiempo me moldeó. Siento que tengo una especie de comandante interior que me da órdenes. También la posibilidad de resistir ante la adversidad.

 

¿Tiene pesadillas de esa época?

Sí, durante mucho tiempo soñaba en alemán. Pero mi reconciliación fue a través de la tan portentosa literatura alemana. Sucedió como en esas historias de amor, donde la niña que te parece odiosa, luego resulta que es de la que te enamoras.

 

Hay una peculiar historia de amor en su obra de teatro Filosofía de vida, que protagonizó Alfredo Alcón.

Lo quise muchísimo. Me gustaba la naturalidad con la que decía el texto, las pausas que hacía, como si dudara. "Eso no es mío, me lo enseñó Javier Daulte [el director]", me dijo con gran humildad. Javier, el director, y yo la adaptamos al porteño y él logró llevar a una gran obra sobre dos filósofos neuróticos al gran público.

 

Por: Laura Ventura

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