Es la educación, estúpido

Jueves 16 de Noviembre de 2017

“A los 6 años interrumpí mi educación para asistir a la escuela”. A George Bernard Shaw se atribuye la cita. Era una humorada. Era, sobre todo, Bernard Shaw. Mordaz, sarcástico e irreverente, la provocación era uno de los rasgos distintivos de este irlandés que se alzó en 1925 con el Premio Nobel de Literatura. 

Ironías aparte, aunque el radio en que la educación se imparte excede por mucho las cuatro paredes de un aula, ya que empieza en la casa y se extiende a todos los ámbitos de la vida, es obvio que es en los colegios donde aprenderemos una enorme porción de los conocimientos que nos acompañarán a lo largo de nuestra existencia, y que nos servirán para manejarnos con destreza en ella.
De más está decir que los años de primaria coinciden con una etapa crucial en la formación de un chico, en el sentido más amplio de la palabra. Así, a la imprescindible enseñanza de lengua, matemáticas, geografía o historia es fundamental agregar la preparación para la vida. Comprender un texto y sus implicancias, desarrollar el pensamiento crítico, ser capaz de resolver un problema, estimular la creatividad, despertar la curiosidad, fomentar el respeto por la diversidad y las diferencias a todo nivel, aprender las destrezas que la tecnología requiere y brindar las herramientas que faciliten una mente abierta y dúctil como para adaptarse a los cambios y desafíos que el futuro propone, forman parte del aprendizaje a adquirir en esa etapa y en la siguiente. Ya lo decía Lao- Tsé: “La educación no consiste en llenar un vaso vacío, sino en encender un fuego latente”.
Ahora bien, ¿cómo se hace para saber si toda esa crucial tarea formativa se está llevando a cabo de manera satisfactoria, si está rindiendo sus frutos, si los chicos están efectivamente aprendiendo lo que se enseña, si están adquiriendo correctamente esos conocimientos determinantes para su formación y su vida laboral o profesional futura? Una evaluación parece ser la manera más indicada. Del mismo modo en que hacerse un chequeo médico de manera regular garantiza no sólo conocer nuestro estado de salud, en qué niveles andan el colesterol y los triglicéridos,si hay problemas con la glucosa o un cuadro de anemia incipiente sino sobre todo, con el problema detectado, encarar un tratamiento, con el diagnóstico escolar pasa otro tanto. Saber cuáles son los déficits y los problemas es la mejor, o en algún punto, la única manera de empezar a corregirlos.
Por eso es difícil entender la resistencia que, aunque en grado menor que el año pasado, todavía generan las pruebas del Operativo Aprender, llegando en un caso a tomar una escuela para impedir que se realizara la evaluación. Ya sea para docentes a punto de graduarse, o para los estudiantes de último año de primaria o de secundaria, las evaluaciones, con la consiguiente devolución y análisis, son una herramienta formidable para optimizar el proceso de aprendizaje, ver lo que se debe modificar, e identificar fortalezas y debilidades.
Los resultados que arrojó esta prueba el año pasado en el caso de los secundarios, cuando se habló de “estigmatización” de los chicos evaluados, determinaron que el 23% estaba por debajo del nivel básico en Lengua; el 40,9% en Matemática; el 16,9% en Ciencias Naturales, y el 18,8% en Ciencias Sociales. Más preocupante aún: nivel avanzado en Lengua tenía sólo el 9,4% de los alumnos, cifra que bajaba a apenas el 5,2% en Matemática.
Autor de “El valor de educar”, Fernando Savater señaló alguna vez a la miseria y la ignorancia como los enemigos fundamentales de la democracia, justificantes muchas veces, en su opinión, de la corrupción y la demagogia. Es que, parafraseando aquella frase de la campaña presidencial de Bill Clinton, “es la educación, estúpido”.

Por: Silvia Fesquet
 

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