Palabras alusivas

Martes 26 de Diciembre de 2017

Finaliza otro ciclo lectivo y en todas las escuelas se pronuncian discursos ¿A qué aluden? ¿Cómo se relacionan con el hacer?

Finaliza otro ciclo lectivo. En todas las escuelas, desde los micrófonos que chillan, se pronuncian las palabras alusivas. Entre tías que se saludan, bebés que lloran agobiados por el calor, abuelos, abuelas, madres y padres emocionados —que empujan para sacar la foto en el preciso instante de la entrega del diploma—, no será sencillo seguir el hilo conductor de los discursos. Por esta razón es mi intención colaborar desde esta columna a la interpretación de las palabras alusivas. En ese sentido les propongo reflexionar juntos: ¿A qué aluden las palabras alusivas?
   Atendiendo a este interrogante es que me permito afirmar que la calidad de los discursos será directamente proporcional a la relación que guarden entre la teoría y la práctica, o más sencillamente: entre el dicho y el hecho. Habrá que huirle como a la peste a la retórica hueca, que no sostiene con el cuerpo lo que afirma con la cabeza. En mi época, esto se denominaba "la cháchara".
   Pero para no banalizar el conocimiento he decidido consultar en mi biblioteca. Bernardo Blejmar establece una diferencia entre la palabra vacía y la palabra plena. "La palabra vacía distancia, roza pero no toca, aburre, crea sospecha (...). En el espacio público se dice una cosa, mientras en el ambiente privado —la casa, el café o el pasillo— circulará 'la verdad'. (...) De la boca para afuera, sintetiza la sabiduría popular".
   Por el contrario, "la palabra plena acerca, toca, estimula, funda un espacio de confianza más allá de las emociones que dispara. Alude a un compromiso del hablante con lo que dice y pretende hacer, entre sus palabras, su pensar y su sentir".
   El autor nos brinda algunas pistas para volver a nuestro interrogante inicial, y nos ubica frente a un cruel descubrimiento: existe una seria posibilidad de que las palabras alusivas no aludan a nada. Que estén vacías.
   Ante lo descarnado de esta afirmación, me he tomado el atrevimiento de ensayar nuevas clasificaciones, que pondré a consideración de los lectores. Si así lo desean, podrán además establecer las relaciones necesarias para determinar los posibles sujetos de la enunciación en los casos respectivos.
   Palabras importadas: Provienen de otros campos. Por ejemplos las que se importan desde la economía pretenden hacer de la educación una empresa. Aluden a los vínculos que genera la competencia.
   Palabras envenenadas: Pican en la oreja de quienes las escuchen desprevenidamente.
   Palabras enlatadas: Se venden y se compran en mercado libre, regidas por la ley de la oferta y la demanda.
   Palabras de moda: poseen fecha de vencimiento, serán desplazadas en la próxima temporada.
   Palabras gastadas: se sienten impotentes frente a una realidad dura y porfiada que pega la cachetada a todo aquel que intenta modificarla.
   Palabras atragantadas: se anudan a la altura de la tráquea. Con leves golpecitos de manos compañeras, probablemente puedan ir saliendo lentamente primero, y a borbotones después. No es aconsejable que permanezcan en ese estado durante mucho tiempo ya que pueden ocasionar procesos infecciosos en la garganta de sus portadores.
   Palabras soñadas: Abrazan por las noches a quienes no se resignan, velando sus sueños, y susurrando en el oído un sana, sana; mañana será mejor.
   Palabras niñas: tienen voces chiquititas, pero al unísono suenan muy fuerte. Entre marzo y diciembre pueblan aulas y patios con risas, llantos, gritos. Expresan lo que piensan y sienten. A modo de ejemplo, citaré la que dijo una niña de once años en la reunión del Consejo de Niños que comenzó a funcionar en su escuela: "Formamos parte de la escuela, por eso tenemos derecho a dar nuestra opinión. No sólo los adultos tienen derecho. Para eso es necesario elegir a quien nos represente, porque sino queremos hablar todos juntos y es un lío". ¿Acaso no es esta la mejor expresión de una palabra plena?
   Esta clasificación no es exhaustiva. Sólo una hoja de ruta para abordar nuestro interrogante inicial: ¿A qué aluden las palabras alusivas? Porque las escuelas no están hechas, las construimos todos los días desde nuestras propias historias, con nuestras palabras y con nuestras acciones. Atravesados por este tiempo, por esta sociedad cada vez más injusta y desigual que se nos mete en cada aula, las escuelas son territorios donde se disputan los sentidos de las palabras y de las prácticas. Nada está dado de antemano. Será por eso que frente a la grandilocuencia de los discursos de los gobernantes y de las autoridades ministeriales, he aprendido con el tiempo a reconciliarme con los discursos de fin de curso, con sus telones y sus letras doradas. Porque aún en medio de la disgregación más extrema ofrecen la posibilidad de construir un nosotros, porque todavía tienen la potencia de habilitar espacios donde se diga algo.
   Hoy más que nunca necesitamos estar atentos a los discursos que se seguirán pronunciando, analizar en detalle qué relación guardan las palabras con los hechos. Porque, como siempre decimos, pasan gobiernos, ministros y leyes... pero las escuelas resisten y quedan. Todavía quedan.

Por: María Beatriz Jouve
 

Últimas Notas