El pasaje al primer grado

Martes 06 de Marzo de 2018

El ingreso a la primaria se presenta como un suceso trascendental que conmueve a las familias. Chicos y grandes confían en las oportunidades que la escuela ofrece, en los aprendizajes que allí se gestan.

Estas líneas tienen por pretensión reflexionar acerca de una realidad que aqueja a muchos niños, niñas y padres, en la actualidad. Se intenta mostrar cómo aquellos deseos e ilusiones depositados al ingresar a primer grado pueden diluirse "fácilmente" ante los tiempos de aprendizaje establecidos por el sistema educativo, ante la premura impuesta por la currícula escolar; a fin de recordar que los aprendizajes no saben andar apresurados y que el proceso de alfabetización es siempre singular.
   Es innegable que el ingreso a la escolaridad primaria se presenta como un suceso trascendental. Se trata de un hecho que no logra pasar inadvertido en la vida de los niños y niñas ni en la de sus familias porque es un hito histórico que marca el inicio de una nueva etapa. Por lo cual, comenzar a transitar el primer grado implica un enorme desafío para todos: padres y niños/as. Representa el pasaje "a la escuela de los chicos grandes" que los alienta a continuar aprendiendo, asegurándoles que ya han crecido lo suficiente como para poder empezar a andar nuevos caminos de tiza, entre cuadernos y lápices, entre letras y números, entre textos y libros. Al mismo tiempo que les advierte que es preciso abandonar algunos "privilegios" de niños/as más pequeños como aquellos guardapolvos a cuadros, las charlas en ronda y los juegos en clase.
   En este sentido, el pasaje a primer grado es una experiencia que moviliza y conmueve a todas las familias, más allá de la singularidad devenida en cada caso particular. Puesto que, chicos y grandes confían en las oportunidades que la escuela ofrece, en los aprendizajes que allí se gestan. Y, fundamentalmente, porque se presenta como una "invitación formal" al aprendizaje de la lengua escrita, a pesar de que los niños y niñas no necesiten pedir permiso para aprender absolutamente nada; mucho menos para interesarse o cuestionarse acerca del misterio que esconden las letras. De todos modos, es a la escuela primaria a quien se le ha delegado tamaña responsabilidad. Y entonces los flamantes alumnos/as y sus familias emprenden este nuevo camino con temores e ilusiones, con emoción y alegría ante este nuevo desafío.
   Sin embargo, en reiteradas oportunidades, aquellas ilusiones iniciales consiguen teñirse de frustración y desencanto. Puesto que, al aproximarse el final del cursado del primer grado, las agujas del reloj parecieran apresurarse, el calendario y la currícula escolar comienzan a apremiar a maestros y a alumnos mientras que las libretas aguardan ser completadas con alguna letra que indique si ese muchachito/a ha aprendido o no ha sido capaz de lograrlo. Entonces aquellos niños y niñas que no se hubieran "alfabetizado" al finalizar el primer grado, comienzan a deambular por consultorios y salas de espera aguardando un diagnóstico que nombre esas diferencias denunciadas por la escuela.
   Pareciera entonces que el fin del mundo se aproxima, que esas calificaciones iniciales le augurasen a muchos niños/as un destino incierto o, peor aún, un futuro de fracasos anticipado. Que esos pequeños/as, que hasta hace poco habían ingresado a primer grado con sus mochilas repletas de deseos, ya no podrán aprender. Que aquella escuela que los recibió con anhelos y entusiasmo, se ha convertido en un sitio que no consigue alojarlos en la imprescindible espera que requiere todo aprendizaje.
   Esta escena se repite con frecuencia. De modo que es habitual que en los meses de noviembre y diciembre, padres angustiados se acerquen a consultar porque sus hijos/as no "saben leer ni escribir", porque presentan "problemas de aprendizaje" sin poder advertir el sentido más disparatado que guardan estas afirmaciones. Por lo cual, sería conveniente formularnos algunas preguntas que pudieran poner en jaque a esas sentencias escolares, que consiguen estigmatizar rápidamente a los sujetos que aprenden. Preguntarnos, por ejemplo, si es posible determinar que un niño/a presenta dificultades para aprender en el preciso instante en el que se encuentra dando sus primeros pasos en la escolaridad primaria; si se estima que el proceso de construcción de la lectura y la escritura cuenta con plazos establecidos de antemano, si se espera que todos los niños y niñas sean capaces de aprender lo mismo, al mismo tiempo o, al menos, en los tiempos que la escuela impone.
   En este sentido, resulta imprescindible recordar que el aprendizaje de la lengua escrita implica un extenso proceso de apropiación cultural, por el que transitan todos los niños/as a fin de conseguir hacer uso de un nuevo sistema de representación. Y que, por lo tanto, debiera diferenciarse siempre de un aprendizaje técnico o de un entrenamiento mecanizado, tal como suele proponerlo el sistema educativo. Puesto que la escritura no es un objeto escolar sino que es patrimonio de la cultura y de la humanidad.
   Aprender a escribir no remite a la mera producción de marcas gráficas; así como la lectura no implica el simple desciframiento de las mismas. Por el contrario, el dominio de la lengua escrita se presenta como un acto cultural de producir lenguaje a partir de la propia subjetividad y que, en consecuencia, no puede ser previsible ni clasificable.
   Aprender a leer y a escribir representa una conquista para todos los niños y niñas. Por lo cual, debemos trabajar para que nadie se las arrebate insistiendo, hasta el hartazgo, que aprender requiere de tiempo, que las diferencias deben ser valoradas y que las dificultades —que pudieran acontecer en este proceso— deben ser atendidas pero que, de ninguna manera, necesitan ser nombradas en términos inherentes a patologías. Porque, habitualmente, no responden a ningún cuadro específico sino a la singularidad de cada sujeto.
   Por lo tanto, es necesario que continuemos defendiendo el derecho a aprender de las niñas y niños, el derecho a aprender con errores y aciertos, con tiempo. Tiempos siempre distintos porque distintos son todas las niñas y niños. Por eso, invito a las familias a recuperar aquellos deseos e ilusiones que depositaron en sus hijos/as al momento de dar sus primeros pasos en primer grado, y a recordar que la escuela es un lugar valioso que debe permitirle a cada alumno/a recorrer su propio camino, sin rótulos que etiqueten anticipadamente su destino.

Por Fernanda Felice - Licenciada en fonoaudiología y profesora titular de la cátedra Lenguaje y aprendizaje patológico, de la carrera de Fonoaudiología (Facultad de Ciencias Médicas de la UNR).
 

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