El fracaso, o cómo negociar siempre igual y terminar en el mismo lugar

Martes 06 de Marzo de 2018

Funcionarios y sindicatos no logran encontrarle la salida a un escenario que se repite cada año. El sistema privado vive en una realidad paralela.

Un nuevo comienzo fallido del ciclo escolar argentino nos convoca. Repeticiones de una misma historia que, a esta altura, hacen surgir dudas incómodas sobre las partes en conflicto: ¿Se trata de negligencia, desidia, ignorancia o dolo esto de caer en forma recurrente en los errores del pasado? ¿Cómo espantar el fantasma de las mentes que creen que la política de Estado inconfesable (ya traducida en algún acto fallido) es que sólo queden en las escuelas públicas los que no pueden pagar una privada?
La primera respuesta es que las paritarias volvieron a arrancar tarde este año, pese a los buenas intenciones oficiales de “madrugar” y discutir desde diciembre para que el dios de la educación los ayudara. Ahora es la hora en que los funcionarios juegan a rasgarse las vestiduras porque el inicio de clases en gran parte del país se postergará, mientras intentan “educar” a los gremios desde una sensatez inocente: la negociación salarial puede seguir con los chicos en las aulas. Se parecen a los padres que pretenden que sus hijos se comporten bien en público sin haber hecho antes lo suficiente en casa para que eso ocurra.
La discusión por el presentismo o su contraparte, el ausentismo, es mucho más compleja que la ilusión de resolverla en dos reuniones paritarias. Es decir, ¿por qué no se siguió trabajando en el tema durante el año? Su aparición en plena paritaria se parece más a una chicana que a una salida viable. Es claro que el régimen de licencias de los docentes se presta al abuso. En las aulas hay suplentes de suplentes de suplentes. Pero para terminar con esos “privilegios” y ponerles los puntos a los que bastardean el estatuto docente no alcanza con el voluntarismo, sino con el ofrecimiento de un salto cualitativo de verdad.
Hoy los maestros tienen un salario mediocre, en parte, porque hay unos cuantos que trabajan poco. Y esa falta de rigor en el día a día, la falta de sanción para el que incumple sus clases de manera reiterada, sumado al déficit de capacitación, es lo que determina que los docentes, por ley de mercado, redondeen un sueldo acorde con esa realidad. Un escenario anquilosado en el que pagan justos por pecadores.
No hay que ir demasiado lejos de la escuela pública para ver una realidad diferente. En los colegios privados plegarse a un paro o faltar por cualquier motivo puede costar caro. Hay delegados de SADOP (el gremio que los agrupa) que ni siquiera se ausentan de sus clases durante un día de huelga. Son los mismos que deciden adherir al paro por ser políticamente correcto, aunque en los hechos esa declaración de principios se sienta muy poco. De esa manera, apoyan una medida de fuerza que se vuelve funcional a los intereses de los dueños de las escuelas en las que trabajan. O sea, instituciones con listas de espera para recibir a nuevos alumnos “expulsados” del sistema estatal, producto del hartazgo de las familias que tienen que hacer malabares cada vez que la maestra del nene o de la nena decide no ir.
En este contexto de abusos en las licencias, que horadan en lo cotidiano el derecho a la educación de los argentinos, el Estado no sólo quiere desterrar esas malas prácticas, sino que pretende hacerlo con un 15 por ciento de aumento salarial, sin cláusula gatillo. Una cifra que, se sabe, quedará por debajo de la inflación anual. Pero para eliminar las irregularidades del sistema no basta con poner el ausentismo sobre la mesa -como si el funcionario fuera un columnista mediático-, sino hacerlo en serio de una buena vez: fijar prioridades si es que la educación es prioridad; llegar a un ofrecimiento que sea difícil de rechazar; y que la moneda de cambio sea la exigencia de una responsabilidad inclaudicable.

Por: Pablo Sigal
 

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