"La cultura es una fuga sin fin de la imbecilidad. El hombre tiene necesidad de volverse culto..."

Martes 29 de Mayo de 2018

A partir de la distinción de Umberto Eco entre imbéciles, idiotas y estúpidos, el filósofo italiano Maurizio Ferraris ahonda en el rol de la cultura y su influencia en los sectores de poder.

Atraído por la distinción de Eco, el filósofo italiano Maurizio Ferraris, que enseña Filosofía teorética en la Universidad de Turín, donde además dirige el Laboratorio de ontología (LabOnt), se tomó la imbecilidad en serio. Y puso en marcha los engranajes del análisis filosófico para reflexionar sobre esa tara del pensamiento que, según él, es innata al ser humano. La imbecilidad es una cosa seria se llama el libro que le dedicó: “Imbécil deriva del latín in-baculum, es decir, ‘privado de bastón’. Defino la imbecilidad como ceguera, indiferencia u hostilidad hacia los valores cognitivos”.

Señas particulares
Influenciado por el filósofo francés Jacques Derrida y discípulo del italiano Gianni Vattimo, Maurizio Ferraris, que nació en Turín (Italia) en 1956, lleva años teorizando sobre el “nuevo realismo”, una corriente opuesta al postestructuralismo, cuyos postulados concebían a la realidad como construcción social, y a la verdad y la objetividad como nociones inútiles. Para Ferraris vivimos el tiempo de las necesidades reales, las vidas y las muertes reales que no pueden reducirse a interpretaciones.

-Usted dice que es lo único que tenemos de profundamente humanos. ¿La imbecilidad es una especie de pecado original?
-Exactamente. No soy cristiano, pero veo que la condición humana del cristianismo tiene una visión del ser humano más realista que la visión laica, que suele suponer que el ser humano es perfecto pero fue arruinado por la sociedad. Mientras que la doctrina del pecado original hace notar que el ser humano nace rengo desde el origen, que se espera que se perfeccione, pero no necesariamente es así y, por eso, abandonado a sí mismo, el ser humano no logra ir muy lejos.

-Habría que distinguir entre estar indefenso y ser imbécil. ¿Hay relación entre vulnerabilidad e imbecilidad?
-Se supone que el hombre, en su evolución, en su historia personal, se va procurando esos “bastones” que lo van apuntalando desde la técnica y el saber hacer hasta el uso de la lengua, la cultura. No usar esos bastones vuelve al ser humano un imbécil.

-¿La cultura ayuda a disminuir la imbecilidad o la hace más sofisticada?
-La cultura, por definición, es una fuga sin fin de la imbecilidad. El hombre tiene necesidad de volverse culto porque, por sí solo, no le salen las cosas demasiado bien. Cultiva la idea de mejorar. El problema es que la cultura nos da más instrumentos de expresión y, por lo tanto, facilita ver cuán imbécil es uno. Ahora se cree que el mundo desborda de imbéciles porque todos se expresan en las redes sociales. O sea que la imbecilidad queda documentada, pero no hay razón para pensar que en la época de Julio César los imbéciles eran menos que hoy.

-¿Entonces es una cuestión de visibilidad y no de cantidad?
-Sí. La imbecilidad en masa está más comunicada, documentada. La actual es una imbecilidad más sensible, en cuanto que es más percibida porque las personas se expresan más. Es una tendencia del imbécil hablar de más. El imbécil se manifiesta más que el sabio que, a menudo, calla.

-Permitirse la imbecilidad y no intentar esconderla como debilidad, ¿es un recurso valioso hoy?
-Suele confundirse imbecilidad con autenticidad. Porque se piensa que se es más sincero. Pero en realidad se puede ser auténtico sin ser sincero.

-¿Fue evolucionando la imbecilidad?
-Sería interesante estudiarlo. Es una lástima que no se haya hecho una historia del tema. Hay algunos casos célebres como el de María Antonieta: decir ante el pueblo muerto de hambre “que les den brioches (medialunas)” fue una frase imbécil que le costó la cabeza. Aunque no sabemos si en verdad lo dijo.

-¿La imbecilidad puede ser una provocación?
-Si pensamos en Donald Trump, sí. Es tan poderoso que se puede permitir ser imbécil. Sólo las figuras menos poderosas en su organigrama no pueden permitirse ser imbéciles. Pero él y (el líder norcoreano) Kim Jong-un, por ejemplo, pueden ser todo lo imbéciles que quieran porque de todos modos tienen poder absoluto.

-¿Está de moda la imbecilidad en política?
-En general, el poder se nos volvió mucho más visible y próximo. Antes el rey estaba escondido en el palacio. La gente podía imaginar que no era inteligente, pero nadie lo fotografiaba cazando elefantes. Ahora se redujo mucho la distancia con el poder. Seguramente hubo reyes que tenían amantes, pero nadie los fotografió tanto como a (el ex presidente francés François) Hollande cuando se iba a encontrar con su amante. Esto vuelve más visible las debilidades de los poderosos también. Como pasa con las redes sociales, hay una imbecilidad percibida más clara.

-¿Qué sistema político representa mejor la imbecilidad humana?
-La democracia es la gran arena de la imbecilidad porque es la que da espacio al ser humano más que ningún otro sistema político.

-¿Tiene algo positivo la imbecilidad?
-Es el gran acelerador de la cultura. Si no nos sintiéramos imbéciles, no nos interesaríamos en la cultura.

-¿Por qué nos da gracia la imbecilidad ajena?
-Esperamos que no nos concierna. Lloramos en los funerales porque sabemos que, antes o después, nos va a tocar. En cambio, nos reímos de la imbecilidad de los otros porque pensamos que con esa sonrisa afirmamos una superioridad y nos desentendemos de ser imbéciles. Nos reímos, en realidad, de un temor compartido.

Marina Artusa
 

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