Mujeres y violencias

Lunes 20 de Agosto de 2018

La tarea constante que Eva Gibert realiza indagando lo mítico de diversas culturas destaca su capacidad para comprender la construcción, no solamente de las representaciones sociales a través del tiempo, sino de elementos fundamentales presentes en el inconsciente colectivo que están activos en el cotidiano.

Si nos remontamos a las historias que se les cuentan a niños y niñas, encontramos enmascarada la figura del violador potencial. Cenicienta huyó después de haber bailado toda la noche con el príncipe, cuyas perentoriedades genitales no le permitían compartir la espera de la carroza: sus ansias masculinas fueron tan violentas como para que se quedara con un zapatito de ella entre sus manos. Parece obvio que el príncipe había comenzado a desvestir a Cenicienta sin contar con la decisión favorable de la joven. 
En cuanto a la Bella Durmiente del Bosque, ella se despertó a tiempo cuando él había empezado a destapar la caja de cristal donde la jovencita dormía: la simbólica del himen, enmascarada en un cristal que ocluye el contacto con la figura virginal resulta transparente. 
Caperucita (hija de una madre filicida que la envió sin compañía al bosque sabiendo que por allí andaba el lobo) dialoga con la supuesta abuela diciéndole "¡Qué manos tan grandes tienes!" y "¡Qué bocota!", quizás sorprendida ante la anatomía viril del cazador que aparece inesperadamente, exhibiendo su pene, simbólicamente un fusil como sugerencia de una escena de abuso sexual que perpetraría contra la niña. La crueldad de la panza del lobo hendida por el cuchillo del varón reproduce la escena de una violación sobre una criatura. 
Ninguno de estos cuentos evidencia un trasfondo sexual, pero la historia de las costumbres de las épocas en que fueron escritos y trasmitidos autoriza a interpretarlos como el psicoanálisis lo propone.
Desde el comienzo de los tiempos, la violación parece haber sido una práctica para ejercer el poder sobre la vulnerabilidad, preferentemente de mujeres niñas y niños. 
Constituye un común denominador que distribuye sus víctimas entre personas de distintas edades, atraviesa todas las clases sociales, enraíza sus orígenes en los albores de las civilizaciones, es compartido por las diversas culturas estudiadas, abarca episodios coyunturales y modalidades crónicas y sistematizadas, y puede producirse en forma de asalto sorpresivo o anunciarse meticulosamente. 
Forma parte de las estrategias de la guerra en tanto violaciones personales o en masa, alterna entre violaciones individuales o en banda, carece de lugar predilecto para su ejercicio (puede llevarse a cabo en el domicilio de la víctima, a cargo de un familiar o amigo de la casa, en la calle o ingresando desde ella hasta el interior del domicilio).
En todo este material se evidencia un común denominador: la presencia invisible de un receptor del mismo que abarca a un público conservador y reactivo ante cualquier forma de cambio social en lo que a mujeres se refiere. Se trata de personas a las que es preciso oponerse y, al mismo tiempo, ilustrar.
Los textos están encaramados en luchas contra los prejuicios, los mitos y las posturas decimonónicas que ordenan la vida de las mujeres. Se evidencia que, más allá de instituciones oficiales y privadas que tomaron posición en la interminable lucha por los derechos humanos del género mujer, este continúa sobrellevando violencias infinitas y sufriendo feminicidios cotidianos. 
A partir de la lectura del presente texto sería posible preguntarse por la presencia de distintas formas de violencia en la formación de las subjetividades del género. La selección del material producido respecto de diversas violencias constituye un indicador en ese sentido: las violencias como dato permanente en la creación de esas subjetividades. Las violencias como categoría indiscutible en el corpus desde donde emigran, se expresan, se modifican y se interrelacionan las subjetividades. La escritura desafiante como una de las formas utilizadas para construir la propia subjetividad: tal sería un fenómeno aportado por esta recopilación. 
Mediante procesos de reelaboración, las nuevas generaciones de mujeres y de personas trans se ocupan de producir textos diversos que se constituyen progresivamente en legados culturales acordes con las nuevas formas de violencias que han logrado definirse y describirse como tales. Constituyen un flujo que incorpora matices diferentes a las antiguas violencias, uno más agraviante que el otro, móviles y distribuyéndose sin titubeos ni quebrantos, seguros de sus maneras de circular sin eludir a ninguna víctima. Ya se ha advertido que las violencias no se localizan esencialmente en el “borde de la sociedad”, sino que la constituyen; que oprimen siendo “lo cultural” e impregnan con predilección al género mujer. 

Dra. Eva Giberti
 

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