Educar para la movilidad laboral y también para el cambio social

Lunes 01 de Octubre de 2018

Dos fuerzas divergentes en pugna por mantener el status quo y la aceleración del cambio en el mundo laboral generan una enorme fractura cuyos costos pagarán las generaciones que vienen.

La discusión sobre empleo y educación en todo el mundo hoy, se parece más a un caótico duelo de poder entre las múltiples partes interesadas (políticos, instituciones educativas, docentes, empleadores, gremios, entre otros) que a una discusión constructiva y colaborativa que cuide a las víctimas de este duelo. Es decir, aquellos que reciben la educación y deben recibir de ella las herramientas para insertarse en un ecosistema de empleo complejo y acelerado.
En resumen: dos fuerzas divergentes en la pugna por mantener el status quo y la aceleración del cambio en el mundo laboral generan una enorme fractura cuyos costos pagarán las generaciones que vienen (pronto) y la economía de un país con talento en riesgo de obsolescencia. Para clarificar el concepto de obsolescencia basta con tener en cuenta que una gran proporción de las habilidades asociadas a procesos administrativos, comerciales y tecnológicos de una empresa tipo quedaran obsoletas en un periodo menor a 5 años. Este hecho contrasta brutalmente con la velocidad de obsolescencia de habilidades en décadas y siglos anteriores.
El apellido más frecuente en los países anglosajones es "Smith" cuyo significado es herrero, una profesión que se pasaba de padres a hijos durante generaciones. Hoy en día, el planteo ya 110 es transferir a nuestros hijos conocimiento, sino que dentro de nuestra propia vida laboral el trabajo muta y es difícil asimilar lo que hacemos hoy a lo que hacíamos unos años atrás. No solo cambia el contenido del trabajo, sino la forma en que se realiza.
Todavía preguntamos dónde alguien trabaja, cuando una proporción cada vez mayor de la fuerza de trabajo agrega valor a la sociedad en forma independiente al lugar donde está. Diseñadores, artistas, programadores, contadores, psicólogos, abogados, vendedores, periodistas y muchos otros se suman a la fuerza laboral líquida, donde el lugar y el horario pierden la rigidez organizadora que nació con la revolución industrial.
El riesgo de la confusión y la vorágine que vivimos en la discusión de empleo y educación es que nos quedemos paralizados, en un entorno en el que cada mes de atraso tiene costos difíciles de medir, pero con existencia cierta. Para evitar eso vayamos a algunos conceptos que quizás ayuden a estimular el movimiento.
Un aspecto para resaltar en el contexto actual, es la habilidad de aprender a aprender. Lograr ser maestros de nosotros mismos en campos y horizontes que todavía desconocemos. Esta habilidad no es solo para los jóvenes, es absolutamente crítica para toda nuestra vida laboral ampliada por el aumento de la expectativa de vida.
La edad de una persona 110 debe ser obstáculo para reinsertarse una y otra vez en forma productiva en la sociedad, fallar en esto dejará gente fuera del partido a edades cada vez menores. El fenómeno que vemos hoy de personas que a los 50 o 60 años se quedan fuera de la sociedad digital, generando aspectos de exclusión, empezará a ocurrir a edades cada vez menores.
Tomando reflexiones de un historiador como Yuval Harari, para nuestra evolución como individuos y como sociedad, son más importantes las preguntas para las que 110 tenemos respuesta que aquellas respuestas que tomamos como inmutables y 110 somos capaces de cuestionar. En este contexto, nuestra curiosidad pasa ser un atributo fundamental para la educación y el empleo. Esta curiosidad (con mayúscula) debe ser un elemento fomentado y evaluado en un sistema educativo que mayoritariamente hoy la trata con una simpatía impostada.
La enseñanza de datos, hechos, fórmulas y estructuras rígidas de razonamiento han sido las piedras fundamentales de una educación pensada como una industria que produce trabajadores. Sin embargo, por todo lo dicho anteriormente, en el contexto actual 110 aseguran un buen horizonte laboral, en cambio el pensamiento crítico, las habilidades sociales, el razonamiento complejo, la curiosidad y la organización por proyectos son activos formativos que acompañarán a una persona toda su vida y quizás, como si fuésemos herreros del siglo XVIII, serán lo que dejemos como enseñanza a nuestros hijos y nietos para construir una sociedad inclusiva y más feliz.

Por: Sergio Kauffman
 

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