El lobo feroz que no es cuento

Lunes 08 de Octubre de 2018

La crianza es donde por primera vez se vivencian las desigualdades de poder entre hombres y mujeres.

¿Cómo imaginamos al lobo-macho (de hoy) que, en un encuentro (¿programado?) con una niña púber de caperuza roja (como su menarca) se aprovecha de su ingenuidad para engañarla y comerse primero a su abuela y luego intentarlo con ella? Durante el 2017 se registraron 254 casos de feminicidios en la Argentina (una mujer moría a manos de un hombre cada 30 horas) y 103 crímenes de odio por orientación sexual, expresión e identidad de género. Si no logramos entender que lejos de ser un cuento, el lobo-macho habita entre (en) nosotras y nosotros, estas escalofriantes cifras irán en aumento año tras año.
"Somos lo que pudimos hacer con lo que hicieron de nosotros..." Primeramente debemos reconocer que somos presas del capitalismo carnicero que precisa la construcción de polaridades binarias para ejercer control sobre los sujetos: dueño-empleado, rico-pobre, adulto-niña ó niño, maestra-alumno, niño-niña, cristiano-hereje, padres/madres-hijas e hijos, heterosexual-homosexual. Este sistema se sostiene en la estructura patriarcal (del griego: árkhein: mandar, y pater: padre) que lo antecede; así nosotros nacemos nietas, nietos, hijas e hijos del patriarcado reproduciendo inconscientemente un ejercicio de control a través de nuestras instituciones: la familia, la iglesia, la escuela, los medios de comunicación, entre otros, estableciendo una asimetría de poder entre hombres y mujeres en favor de los primeros y en detrimento de las segundas, legitimado y promovido por las propias leyes.
El machismo (como ideología que engloba al conjunto de conductas, prácticas sociales y creencias destinadas a promover la negación de la mujer como sujeto) se sienta a la mesa del patriarcado sirviéndose de los estereotipos de género que el anfitrión le ofrece. Entendemos por estereotipo a la construcción imaginaria sobre una persona o grupo, que comparten ciertas cualidades y por la cual se intenta justificar una conducta (supuestamente común) en relación a prejuicios sociales conforme a la ideología del modelo a seguir.
Así, la negación de la potencia de la mujer se evidencia primeramente en nuestras familias, en el plano sexual de nuestras parejas, en la economía y en la apropiación de sus cuerpos decidiendo por (y tristemente sin) ellas.
¿Cuáles son los estereotipos de hombre y mujer hoy? ¿Hay diferencias con estereotipos de generaciones pasadas? ¿Y en la escuela como se reproducen, qué maestras deben ser? Los estereotipos familiares: ¿cómo son? ¿qué padres y madres nos imponen? ¿qué hijas o hijos debemos tener o ser? ¿qué imaginario se tiene de la mujer que trabaja en su casa? ¿a qué estereotipo de niños, niñas y adolescentes nos someten?

Acerca de crianzas
Actualmente a las niñas bebés se les dispensa más caricias y palabras dulces que a los niños, mientras que a los segundos se los expone a movimientos más bruscos al hacerles upa. A ellas se las expone tempranamente a sufrimientos estéticos (perforaciones de las orejas) solo para diferenciarlas de los nenes, pero como pródromo de sufrimientos posteriores (depilación, tacos altos, operaciones estéticas, etcétera) que promoverán la fantasía de una juventud (o infancia) eterna.
No sólo las niñas padecen el machismo, los niños silenciosamente también siendo expuestos permanentemente a competencias, debiendo ocultar sentimientos, intereses, capacidades artísticas, sometidos a una crianza menos sensible.
Es en las infancias donde se visibiliza lo que se espera de los "varoncitos" y de las "mujercitas". No hay nada de ingenuo en los juegos, juguetes, accesorios colores (rosa y celeste) y disfraces que se comercializan para las infancias. Lo que nos venden legitima normas, roles, deseos y expectativas depositadas en la niñez y construyendo así, futuros productores y actuales consumidores.
¿Por qué no podría regalarse a un niño un bebote? Acaso el día de mañana (si lo desea) ¿no será padre de un/a bebé? La pregunta que emerge es ¿qué padre deseamos que sea ese niño? ¿le suponemos quehaceres de crianza: cuidado, higiene, vestimenta, alimentación, protección, arrullo, sensibilidad, etcétera; o estas son funciones reservadas a las mujeres? ¿Por qué no podría regalarse a una niña una caja de herramientas? Acaso el día de mañana (si lo desea) ¿no se independizará y vivirá sola o acompañada en una casa donde habrá que reparar enchufes, muebles, colgar, pintar paredes o cambiar cueritos de canillas? ¿Qué le transmitimos al niño que le regalamos un auto o un traje de superhéroe y a la niña que le entregamos una Barbie o una cocinita?
En las crianzas es donde por primera vez se vivencian las desigualdades de poder entre hombres y mujeres, los maltratos y discriminaciones hacia construcciones de identidades de género diferentes al binomio hombre/mujer; donde se evidencian la violencia psíquica y física a elecciones sexuales distintas a la heteronormativa, la descalificación a constituciones familiares diferentes al modelo biparental heterosexual tradicional.
Las identidades se construyen principalmente con los adultos que auspician como figuras parentales. Intentar imponer un modelo forzado de identificación promueve el goce del adulto frente al sufrimiento de la niña o del niño. A su vez si introyectan modelos de género tradicionales y estereotipados en los cuales el dominio y control del hombre sobre la mujer es aceptado, existe el riesgo que el día de mañana incurran en situaciones de violencia de género (tanto de padecerlo como de ejercerlo) ocultándose bajo el concepto atenuante de celos.
Una educación sexista es aquella en la que existe una rígida división entre lo que se espera de los niños/hombres y de las niñas/mujeres de acuerdo con las generalizaciones de roles presentes en una sociedad determinada. Es decir, educación basada en estereotipos de género.

Podemos escribir otro cuento
Nuestra función como padres, madres, educadores debería prestarse al servicio de una reflexión crítica de la realidad: cultural, política, religiosa, de estereotipos, de medios de comunicación, de adoctrinamientos, entre otros aspectos teniendo presente que toda educación es sexual.
Esta empresa implicaría un acto subversivo (cual lógica cartesiana) que acompañe a las niñas, niños y adolescentes a construir interrogantes propios que cuestionen los estereotipos de género establecidos, las asimetrías y los modelos familiares. Para esto debemos animarnos a deconstruir nuestras propias crianzas e infancias, visibilizando aquellos estereotipos a los que inconscientemente fuimos respondiendo. Los lápices están en nuestras manos.
 

Últimas Notas