Mujeres, enseñanzas y territorios

Martes 30 de Octubre de 2018

El desafío común de construir una sociedad libre de violencias, más diversa, más justa e igualitaria.

El viernes 12 de octubre, día de la resistencia indígena, salíamos desde nuestra ciudad un grupo de 80 compañeras de Ciudad Futura hacia el 33º Encuentro Nacional de Mujeres, mientras miles de mujeres más de Rosario y todo el territorio nacional habían emprendido el mismo viaje, cuyo destino común era llegar al más austral de los encuentros realizados hasta el momento.
Un grupo de compañeras se puso al hombro la organización de nuestro viaje colectivo, entendiendo que el Encuentro no arranca cuando llegamos a la sede sino en el momento mismo en que cada una de nosotras decidimos participar. El viaje propiamente dicho, lejos de ser un tedio de 22 horas en ruta, es un momento más de encuentro dentro del Encuentro. En la planta baja viajaban las compañeras que iban con sus hijes, en la combi las más pibas y en la planta alta del bondi todas las demás. Entre todas conformamos una comitiva diversa y plural: mujeres independientes que se acercaron para viajar con nosotras, compañeras que ya llevan una década de encuentros de mujeres sobre sus cuerpos, profesionales, estudiantes, trabajadoras, desocupadas, productoras autogestivas, militantes históricas y jóvenes que desde hace muy poquito tiempo decidieron dejar de estar inmóviles al costado del camino y se sumaron a ser protagonistas de esta hermosa revolución que estamos protagonizando las mujeres. Llegamos mujeres desde el centro de la ciudad y mujeres desde lo más profundo de la periferia. Llegamos con preguntas, con propuestas, llegamos emocionadas, inquietas y ansiosas por ir al encuentro de muchas otras, con las cuales, sin conocernos, compartimos el mismo deseo de construir una sociedad sin machismo y más igualitaria.
Más por azar que por decisión me tocó asiento casi al final del colectivo, por supuesto en la planta alta ya que niñes no tengo y desde hace rato pasé los 23. Allí me esperaba la compañía de un puñado de jóvenes mujeres que tenían en común una realidad, eran estudiantes o egresadas de nuestras escuelas de gestión social: la Etica en Nuevo Alberdi y el Bachi de Tablada. Salimos a la ruta y tome en mis manos el libro que había elegido para la ocasión: "La mujer habitada" de Gioconda Belli. Su lectura me atrapó por varios minutos, pero lo que pasaba a mi alrededor lograba interrumpir cada tanto la apasionante novela de la nicaragüense. La conversación y los debates entre las compañeras del territorio no paraban de llamar mi atención: sus historias, sus luchas, sus miedos, sus deseos, sus preocupaciones, sus acciones no eran ficción sino testimonios concretos de las desigualdades estructurales en las que aún vivimos, las crudas violencias que aún padecemos las mujeres y en especial las mujeres de los sectores más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad. Era inevitable no ir trazando vínculos entre lo que leía y lo que escuchaba.
Las oía a las egresadas de la Etica contar que habían estado acompañando a una vecina que se había mudado hace muy poquito tiempo al barrio y que la noche anterior su pareja le había quemado la casa en un hecho extremo de violencia de género. Compartían entre ellas las acciones que habían llevado adelante, la respuesta que, una vez más, llegaba desde el territorio y la gestión social frente a un Estado que parece lejano y de respuesta lenta y débil. Reflexionaban sobre las herramientas que habían logrado construir en el último tiempo, la potencia del trabajo en red, la importancia de la proximidad y la cercanía para generar confianza, acompañar y empoderar a las mujeres y la capacidad de tener una respuesta inmediata. Aparecían también las limitaciones y las políticas que aún faltan: ¿cómo hacer para que esa mujer pueda tener la autonomía económica que le permita cortar el vínculo con el violento y evitar que otro hecho de violencia se produzca poniendo nuevamente en riesgo la vida de esa mujer y de sus hijos?. La impotencia que sentían se mezclaba con la convicción de que el camino era seguir profundizando desde el propio territorio las herramientas y aprendizajes necesarios.
El relato se entremezclaba con las historias de la piba que, aun viviendo en Granadero Baigorria, había decidido cursar la secundaria en Nuevo Alberdi. Ahí estaba ella contando que al ir al barrio se reencontró con una compañera de la primaria que hacía mucho tiempo no venía, una compañera que recordaba "problemática", "conflictiva" y que ese reencuentro le permitió tener una charla que nunca habían tenido. Esta compañera le contó recién ahora los abusos que sufrió de niña y adolescente, las veces que la habían obligado a abortar, lo que le había costado salir de esa situación de violencia e intentar armar otro proyecto de vida. La joven de la Etica pensaba en voz alta sobre qué fue lo que llevó a su compañera a hablar de todo esto: "Para mí pudo contarme todo esto porque ahora de esto sí se habla: ahora se habla de los abusos, de los abortos, de los acosos y eso está bueno porque antes es como que, si decías algo de esto, la gente te juzgaba y no te creía".
Cada una de las historias, reales y cercanas de las jóvenes de nuestra ciudad disparaban otras tantas reflexiones que las interpelan a ellas mismas y sus historias de vida, y claramente a todas las que estábamos allí participando activa o pasivamente de ese debate.
A las mayorías de las mujeres que estaban allí, al final del bondi, las conozco desde hace un tiempo, de mucho antes de que empiecen la Etica. Hoy las escucho y no paran de enseñarme. Atrás queda el recuerdo de las conversaciones que teníamos cuando nos conocimos, cuando el único lugar desde el que podían hablar y reconocerse era el de madres; atrás queda esa pregunta que me reiteraban cada vez que me veían... "¿Y vos Caren, para cuándo?" Hoy nos vemos y nos reconocemos como mujeres luchadoras, como compañeras en la lucha por los derechos que aún nos faltan, como cómplices en la construcción de proyectos de vida basados en nuestros deseos, ejercidos de manera libre y fuera de los mandatos que nos impone la sociedad.
Ahora bien, en la realidad concreta de estas mujeres, los mandatos a romper son múltiples, no solamente los que se les impone en cuanto a su género, sino también los roles que les asigna la sociedad por el lugar donde nacieron, donde viven. Para ellas el sistema prevé las tareas de cuidado, y no solo los cuidados de su hogar sino el de todos aquellos que tengan un poder adquisitivo mayor. Pero hoy ellas, en medio de esta revolución feminista, rompen todos los esquemas y luchan contra las violencias que se les imponen por ser mujeres, mujeres pobres. Hoy ellas lograron reconocerse y reconocer lo que quieren hacer, cómo desean vivir, están comprometidas con construir el feminismo desde lo más profundo del territorio, ponen el cuerpo en el mismo territorio donde nacieron y viven para empoderar a otras mujeres. En definitiva, asumen con responsabilidad los debates más difíciles de dar: la importancia de la legalización del aborto, el derecho de las mujeres de salir de sus casas, de terminar sus estudios, de proyectar otro trabajo, de definir su propio destino, de escribir su propia historia.
Las batallas que estas compañeras libran día a día en los barrios de nuestra ciudad me acompañaron a lo largo de todo el Encuentro, y me llevaron a reforzar la idea que uno de los principales desafíos que tenemos como mujeres feministas en este momento histórico, es el de ser capaces de transformarnos a nosotras mismas al mismo tiempo que transformamos todo a nuestro alrededor, priorizando el empoderamiento de todas aquellas mujeres que sufren el machismo y el patriarcado desde la exclusión y la desigualdad extrema de un sistema económico y social que prescinde del 30 por ciento de su población.
Construir una sociedad libre de violencias, más diversa y más libre para todes no es posible si no somos capaces de construir una sociedad más justa y más igualitaria en todos sus sentidos.

Por Caren Tepp - Concejala

Últimas Notas