Educar a la generación de los discutidores

Lunes 05 de Noviembre de 2018

A los chicos de nuestras escuelas les cuesta incorporar la idea de que los derechos propios deben conciliarse con los derechos de los demás.

Según los resultados de la prueba, a los alumnos de nuestras escuelas les cuesta incorporar la idea de que nuestros derechos deben conciliarse con los derechos de los demás; la idea de que "lo que quiere cada uno" a veces entra en choque con lo que "quieren todos". No parece que hayamos podido transmitirles en casa y en las aulas la noción de "vivir juntos", de pensar los derechos del colectivo, de la sociedad en la que vivimos. Esto que padres y maestros sienten día a día, que discutir con los adolescentes es difícil, tiene que ver con la idea que los chicos tienen acerca de lo que significa vivir en esta sociedad. Y entonces lograr que entiendan lo que queremos decirles parece una odisea. Pareciera que lo que intenta enseñarles la escuela entra en crisis con lo que aprenden en su vida cotidiana.
La escuela parece haber transmitido saberes, pero estos no han logrado desarmar una idea que los chicos han adquirido en su socialización. Ellos no encuentran razones para que la sociedad les haga hacer cosas que no quieren o que no sienten que les convenga. Parece difícil entender que vivir juntos requiere que por momentos no podamos hacer lo que nuestros derechos nos indican, que debemos sacrificar lo que deseamos por el beneficio de todos.
Por otro lado, los chicos creen que un líder democrático es aquel que cumple el derecho de las mayorías; pocos reconocen que debe pensar también en lo que quieren las minorías. La idea de que ese líder debería encontrar modos de escuchar y respetar "a los menos", más allá de escuchar "a los más", pensar en todos los miembros de la sociedad, aparece como algo lejano. Lo que los chicos parecen haber entendido de la información escolar es que un líder debe hacer lo que le piden las mayorías. (Así, muchos estarían pensando que los derechos que amparan a todos los ciudadanos son menos importantes que los derechos de la mayoría). Por otro lado, suponen que los jueces son subalternos del presidente de la Nación, que es quien los maneja y les da las órdenes. La idea de que el presidente manda y los demás deben cumplir sus directivas está muy difundida. Les cuesta entender un sistema de poderes del Estado que se equilibran para responder a los derechos de todos. Sin duda, tenemos una dificultad con la formación que les hemos transmitido sobre la implementación de la ley en la sociedad.
Al mismo tiempo, los jóvenes sostienen que un líder democrático no debe arrepentirse ni asumir errores. Que no debe reconocer que se ha equivocado. ¿Cómo dialogar y convivir con otros sin equivocarse? ¿Cómo construir un espacio de encuentro sin errores? Allí parece necesario trabajar sobre el error, entenderlo como parte del diálogo, de los acuerdos.
En otra parte de la prueba se les plantea la situación hipotética de sufrir el robo de un celular. En ese caso, la mayoría de los chicos aceptaría la violencia hacia los ladrones como defensa, aun por encima de cualquier norma. Cuando sus intereses están en peligro, los chicos aceptan la violencia como un camino para defender sus derechos.
Una vez más: si "sus derechos" particulares entran en conflicto con "los derechos" en general, alegan normas hechas "a su medida" para ignorar las normas que permiten vivir armónicamente en una sociedad.
Ahora, ¿cómo hacemos para que convivan los derechos de cada uno con los de "todos", en la idea de que tenemos que vivir juntos? Ese es el modelo básico que deberíamos transmitirles; deben entender que necesitamos normas que regulen la vida de todos, incluyendo las propias hasta donde sea posible, que faciliten la convivencia.
Pero los chicos no encuentran eso en sus casas, en la calle ni en la escuela. Reclaman por aquello que creen que les corresponde, les cuesta aceptar que los adultos de su mundo no estén permanentemente a disposición de ellos, escuchando cada cosa que necesitan, satisfaciendo sus deseos. Sus casas parecen estar ordenadas de acuerdo con lo que los adolescentes quieren y sienten que les corresponde.
Esa socialización aumenta las dificultades en la escuela, donde todos ellos deben convivir y acostumbrarse a las normas para "vivir juntos".
Sin duda, la dificultad de convivir con ellos genera, en muchos casos, la sensación de que hemos criado una "generación de discutidores", superdotados para entrar en debate sobre lo que les corresponde, poniendo todas las normas en cuestión.
Sin embargo, más allá de que sean mejores discutidores, más inteligentes o elocuentes que los chicos de generaciones anteriores, las pruebas comentadas muestran la dificultad de los adolescentes para mantener relaciones sociales sustentadas en normas y entender cabalmente el sentido de un mundo que los trasciende como individuos.
Tenemos una tarea social importante, el desafío es transmitirles a los jóvenes la necesidad de encontrar puntos de encuentro, de diálogo; entender que no pueden defender sus derechos sin considerar los de los demás.
Necesitamos acercar la socialización a los requisitos de la convivencia en una sociedad democrática. Los padres y docentes deben enseñar a través de comportamientos socialmente valiosos y, en función de eso, poder decir que no, para entender que ese no a veces busca resguardar los derechos de todos. Así, lo vivido y lo aprendido por los chicos al crecer al amparo de tales modelos de comportamiento puede ser integrado a su vida como adultos.
Las casas, las escuelas muestran cada día mayores dificultades para el diálogo, para el encuentro, y allí los adultos deberíamos ocupar un lugar. Ser autoridad ante los chicos es necesario y plantear normas claras también lo es.
Necesitamos construir un espacio de encuentro de los derechos de todos, mostrando que dichos derechos son valiosos aunque a veces nos perjudiquen. Se trata de aprender a vivir juntos, tenemos que hacer el esfuerzo de mostrarles el valor de una sociedad en la que todos podamos convivir. La prueba del Eseade camina en esa dirección, pero se requieren acuerdos más globales. La escuela sola no puede. 
 
Por: Gustavo F. Iaies

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