La educación de adultos en primera persona

Lunes 26 de Noviembre de 2018

El valor de una enseñanza que reivindica derechos y construye mejores horizontes.

Se suele asociar la docencia a la vocación, a los valores y a los aprendizajes que exceden lo exclusivamente curricular, aquello que está más allá de cualquier contenido de matemática, de lengua, de sociales, etcétera. En la última década se fortalecieron conceptos como inclusión socioeducativa, aprendizajes significativos, trayectorias escolares, territorialidad, calidad educativa e institución social, por nombrar algunos. Paradójicamente, cuando se habla de todo el campo semántico de la educación —incluyendo estos términos— se piensa en el nivel inicial, en la primaria y en la secundaria, y queda relegado un sector importantísimo del sistema educativo, del cual me animo a afirmar y a sostener que fue el pionero en implementar y proyectar aquellos conceptos enumerados arriba, quizás sin mencionarlos explícitamente, pero sí aplicándolos con una sorprendente efectividad basada en el compromiso social hacia el otro, en el compañerismo, la perseverancia y el optimismo por un futuro mejor. Por ello, quiero aseverar y defender el valor de la educación de adultos en nuestra sociedad, y éste es el objetivo de mi reflexión.
   Me inicié en la docencia formal dentro de la modalidad de adultos —incluso hice mi residencia de profesor en letras en la Escuela de Enseñanza Media para Adultos (Eempa) 1.256 de Rosario— y el deslumbramiento fue tal que jamás la abandoné; transité aulas de Eempas en Rosario, Villa Constitución, Empalme Villa Constitución, Santa Teresa, Pavón Arriba, Peyrano, Coronel Bogado, Godoy, La Vanguardia, J. B. Molina, Rueda y Sargento Cabral, mi pueblo natal. Actualmente soy titular en la primera Eempa itinerante de la región —la 1.323 y su Anexo, de circuito cerrado— que se instala cada tres años en distintas localidades del departamento Constitución cubriendo las necesidades —¡los derechos a la educación!— de jóvenes adultos y adultos mayores que desean/necesitan completar o iniciar el secundario. Nuestra Eempa tiene esa movilidad que le da identidad y, al mismo tiempo, refleja un rasgo fundamental de la educación de adultos: la heterogeneidad en su más amplio sentido. Instalarnos cada tres años en distintos pueblos de la zona es un desafío personal, administrativo, educativo y social que se alimenta de expectativas e incertidumbres con la misma proporción que lo hacen los ingresantes al aula en el primer día de clase. Este rasgo otorga una paridad de emociones compartidas tanto por docentes y directivo como por alumnos y alumnas, y ello enriquece la práctica educativa, transformándola en un ámbito democrático donde la circulación equitativa de la palabra es nuestro mayor tesoro, es lo que hace que la experiencia del trabajo docente con adultos y adultos mayores sea inconmensurable desde la idea de una praxis social y cultural nutrida por los aportes de todos los actores comunitarios involucrados dialécticamente.
La educación de adultos ha tenido —tiene y tendrá— un valor de reivindicación y de reparación de derechos que hacen de los sujetos, ciudadanos, para proyectarlos —o al menos darles las herramientas— hacia la construcción de un horizonte laboral y personal más complejo, dinámico y esperanzador. Este proceso de valoración de una ciudadanía plena, equitativa y con derechos adquiridos y defendidos con convicciones sería algo así como recobrar un espacio resquebrajado por el sistema neoliberal consolidado desde los '90 en nuestro país, que con altibajos y desniveles se ha explayado hasta nuestra actualidad; en este sentido, creo que la educación de adultos afronta "el proceso de desregulación e individualización (que) no sólo significó el declive y la fragmentación (política y social) de la ciudadanía, sino también la legitimación generalizada de modelos de ciudadanía restringidos, que no poseen un alcance universalista ni aspiraciones igualitarias". (1) Por ello, la educación de adultos se erige no sólo como defensora de derechos, sino también como el espacio que habilita la construcción —mejor diría la reconstrucción— de derechos que son irrenunciables, como la educación integral, por ejemplo, y así lo establece el artículo 48 inc. b de la ley de educación nacional Nº 26.206: "Desarrollar la capacidad de participación en la vida social, cultural, política y económica y hacer efectivo su derecho a la participación democrática".

Dinamismo propio
El rol y la importancia de una escuela secundaria para adultos —de una Eempa— en algún punto de la ciudad o en algún pueblo es comparable a un volcán activo emergido dentro del paisaje urbano; un volcán que seguramente pase desapercibido entre otros picos en la maraña arquitectónica de cada ciudad o entre otras instituciones en localidades pequeñas, pero no por ello deja de ser un volcán cuyo magma perenne sostiene la llama de la educación de adultos y, al mismo tiempo gracias a su propio dinamismo, se retroalimenta de forma constante.
   A través de los años y de manera reiterada, escucho frases cuyo sentido constituye la esencia de la educación de adultos, comentarios como "¡la verdad que tres años fueron muy poco, cómo quisiera volver o continuar en esta aula!", "¡cómo desearía estar en el primer día de clase!", y así se podría continuar enumerando diálogos emergidos con toda naturalidad de los egresados de una Eempa: otorgarle su derecho a la educación, a darle otro sentido de pertenencia al territorio y sentirse superados según los objetivos e incertidumbres de cada persona es son valores imposibles de transmitir en palabras, sentimientos que dialogan entre la historia individual de cada uno, el espacio compartido con compañeros y docentes y las aspiraciones subjetivas que han sabido construir en sus trayectos escolares.
   La educación de adultos es esto y muchísimas cosas más; vivencias, alegrías, llantos, miradas, enojos, miedos, incertidumbres, logros, aplausos, viajes, bailes, libros, abandonos, reincorporaciones, trabajos, ausencias, maternidades, estudios, apuntes, hijos, abuelos, dolores, planes, comidas y la lista sigue y sigue. Pero no quiero ahondar; si leíste hasta acá ahora tenés un desafío que te propongo: acercate a una Eempa cuando puedas, presenciá una clase y experimentá en primera persona lo que es y lo que se siente, es maravilloso, y yo ni te cuento lo que vivo todas semanas como docente.

Por Damián L. Sarro
 

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