Ya no alcanza con saber cálculos matemáticos; hay que desarrollar otras competencias.

Lunes 10 de Diciembre de 2018

Propuestas de trabajo para el aula que propone una ayuda para enseñar mejor, usando la escritura como una herramienta de pensamiento y de aprendizaje. Daniel Brailovsky y Ángela Menchón profundizan sobre esta experiencia de enseñar escribiendo en una investigación de corte etnográfico.

Uno de los modos de escritura que en el discurso de los docentes aparece fuertemente investido de las cualidades abiertas que hemos asociado genéricamente a la idea de “pensar”, es la escritura grupal.
Trabajos prácticos, monografías, trabajos de campo, producciones a partir de las prácticas… en muchos casos se solicita a los alumnos que elaboren un texto en forma grupal. Allí, se supone más versátil y flexible el proceso de elaboración de los textos, más productivos el debate y la discusión de opciones. Retomando la dicotomía saber/pensar, diríamos que la escritura grupal, como espacio del “pensar”, sitúa lo “correcto” y lo “incorrecto” en un lugar interesante de provisoriedad, ya que la dinámica de trabajo genera mecanismos de corrección internos que acompañan el proceso, aún antes de que las producciones sean presentadas a los docentes.
Para comprender cómo son vividas estas experiencias de escritura colectiva, indagamos sobre episodios (y comentarios sobre los mismos) de estudiantes de la formación. En conjunto, las experiencias de escritura grupal parecen remitir a dos escenas fantasmáticas. Por un lado, la de la producción participativa, el trabajo en equipo, etc. Se supone que trabajando juntos y escribiendo colaborativamente, las ideas de todos entran en contacto y producen un grado mayor de complejidad y dinamismo. Por otra parte, el trabajo de escritura grupal se reconoce enfrentado a dos riesgos posibles: la delegación y la competencia. Los episodios relatados seguidamente dan cuenta de algunas de estas representaciones de la escritura grupal. O bien alguien se “cuelga” del grupo y aprueba cuando el trabajo se entrega sin haber contribuido a realizarlo; o bien alguien se “apropia” y acopia la producción inhibiendo la potestad de los demás de formar parte de la elaboración conjunta. En la mirada de los docentes, aunque la escritura grupal aparece en general destacada como naturalmente productiva y dinámica, tienden a ponerse de manifiesto las mismas aristas.
En suma, el escenario de la escritura grupal enfrenta a sus participantes a un marco de referencia simbólico de dos piezas contrapesadas entre sí: el ideal del trabajo colaborativo, por un lado, y el riesgo de los “polizones” o los “dictadores”, por otro. ¿Cómo pensar las consignas y las pautas de acompañamiento de los trabajos escritos grupales para favorecer el ideal colaborativo y prevenir los desvíos de la delegación y el acaparamiento? El clima académico que se vive en la carrera, en la institución, podría ser un dato muy relevante para entender lo que sucede en los grupos de escritura. “Colgarse” de un grupo sin aportar demasiado o mostrar gran entusiasmo e iniciativa (ejemplos extremos de actitudes con distintos grados de compromiso) pueden ser acciones condenadas o avaladas por el grupo de pares. Y esto probablemente dependa del clima de estudio que se vive en el ambiente institucional. El grupo de trabajo (o el “trabajo en equipo”) reunido en función de la elaboración de un texto abre un espacio de producción creativa, dialogada, en el que se vuelve necesario propiciar la tolerancia de diversas opiniones y la búsqueda de consensos. Para que esto suceda, sin embargo, probablemente sea necesario un marco que de sentido al encuentro y lo invista de esas potencialidades.
Como criterio de trabajo, la escritura grupal claramente “quita presión” a las consignas, da cierta tranquilidad, alivia la exposición. Genera un efecto de seguridad que también puede derivar en la forma de un “refugio” en el grupo, en el cual la impronta de lo individual queda desdibujada. En este sentido, la escritura grupal podría servir como andamiaje o apoyo para aquellos estudiantes que tienen mayores dificultades, pero también podría ser el lugar donde esas dificultades se camuflan o pasan desapercibidas: trabajar en grupo para no tener que enfrentarse al desafío personal de escribir y aprender. En la escritura grupal se diluye el valor de la producción escrita como “prueba” o evidencia del esfuerzo y la honestidad individuales, en tanto no puede constatarse el modo en que se distribuyeron las tareas o los diversos grados de participación. Esto último puede volverse una dificultad para el estudiante, para el cual “refugiarse en el grupo” puede implicar un proceso de aprendizaje simulado y superficial, así como para el docente a la hora de evaluar y calificar dicho proceso de aprendizaje y sus resultados a nivel singular. Por otro lado, y en cuanto a la evaluación de la escritura grupal y sus rasgos, también se pone en juego la economía de esfuerzos del docente, ya que regula la cantidad de trabajos a ser corregidos.
Cuando se produce grupalmente, la escritura se inscribe en el contexto de un debate entre los integrantes. Hablan, comentan, proponen ideas que luego serán volcadas en un texto conjunto. En este sentido, el grupo funcionaría como un equivalente del encuentro en la clase, aunque en el grupo, a diferencia de la clase, no está claro cuál es la voz autorizada que legitimará un vocabulario, un repertorio de procedimientos, etc. Sabemos que en el aula, el criterio o referente en ese sentido es el profesor: su lenguaje elaborado remite a un léxico que es propio de la escritura.

Por: Daniel Brailovsky y Ángela Menchón.

Últimas Notas