De la reflexión ocasional a la práctica reflexiva

Lunes 17 de Diciembre de 2018

Este texto tiene como objetivo coparticipar y hacer dialogar entre sí diversos saberes: la razón científica con la razón práctica, el conocimiento de procesos universales con los saberes de la experiencia, la ética, la implicación y la eficacia.

Evidentemente, a todos nos sucede alguna vez que reflexionamos espontáneamente sobre la propia práctica, pero si este planteamiento no es metódico ni regular no va a llevar necesariamente a concienciaciones ni a cambios. Cualquier enseñante principiante reflexiona para asegurar su supervivencia (Holborn, Wideen y Andrews, 1992; Woods, 1997); luego, cuando ya ha conseguido la velocidad de crucero, lo hace para navegar algo por encima de la línea de flotación; y, finalmente, a veces, para conseguir objetivos más ambiciosos. Esta reflexión espontánea no lo convierte en un practicante reflexivo en el sentido de Schön (1983, 1987, 1991) o de St-Arnaud (1992).
Un "enseñante reflexivo" no cesa de reflexionar a partir del momento en que consigue arreglárselas, sentirse menos angustiado y sobrevivir en clase. Sigue progresando en su oficio, incluso en ausencia de dificultades o de crisis, por placer o porque no puede impedirlo, porque la reflexión se ha convertido en una forma de identidad y de satisfacción profesionales. Y se entrega con herramientas conceptuales y métodos, a la luz de los diferentes conocimientos y, en la medida de lo posible, en el marco de una interacción con otros practicantes. Esta reflexión construye nuevos conocimientos, que tarde o temprano se utilizarán en la acción. Un practicante reflexivo no se contenta con lo que ha aprendido en su formación inicial ni con lo que ha descubierto en sus primeros años de práctica. Revisa constantemente sus objetivos, sus propuestas, sus evidencias y sus conocimientos.
Entra en una espiral sin fin de perfeccionamiento, porque él mismo teoriza sobre su práctica, solo o dentro de un equipo pedagógico. Se plantea preguntas, intenta comprender sus fracasos, se proyecta en el futuro; prevé una nueva forma de actuar para la próxima vez, para el próximo año, se concentra en objetivos más definidos y explicita sus expectativas y sus métodos. La práctica reflexiva es un trabajo que, para convertirse en regular, exige una actitud y una identidad particulares.
Esta actitud reflexiva y el habitus correspondiente no se construyen espontáneamente en cada persona. Si deseamos hacer de ello la parte central del oficio de enseñante para que se convierta en una profesión de pleno derecho, corresponde especialmente a la formación, inicial y continua, desarrollar la actitud reflexiva y facilitar los conocimientos y el saber hacer correspondientes.
En numerosos países existe una evolución en este sentido, pero todavía dista de estar lo bastante avanzada, a veces por falta de desearla con determinación haciendo las concesiones necesarias y también de saber exactamente cómo afrontarlo todo.
Hay algunas concesiones que hay que sacrificar de entrada: para que los estudiantes aprendan a convertirse en practicantes reflexivos, hay que renunciar a sobrecargar el currículo académico inicial de conocimientos disciplinares y metodológicos, dejar tiempo y espacio para un procedimiento clínico, la resolución de problemas y el aprendizaje práctico de la reflexión profesional, en una articulación entre tiempos de intervención sobre el terreno y tiempos de análisis. Más que suministrar al futuro enseñante todas las respuestas posibles, lo que hace una formación orientada hacia la práctica reflexiva es multiplicar las ocasiones para que los estudiantes en las aulas y en prácticas se forjen esquemas generales de reflexión y de regulación.
Ésta es una de las razones por las que, en formación inicial, se forman, en el mejor de los casos, solamente buenos principiantes, cuyas competencias no dejarán de aumentar y diversificarse a lo largo de los años, no sólo porque sigan programas de formación continua, sino porque tienen una capacidad de autorregulación y aprendizaje, a partir de su propia experiencia y del diálogo con otros profesionales. Para ello, es importante que la formación desarrolle las capacidades de auto-socio-construcción del habitus, del saber hacer, de las representaciones y de los conocimientos profesionales. De este modo, permitirá una relación con la propia práctica y con uno mismo, una postura de autobservación, de autoanálisis, de planteamiento y de experimentación, y facilitará una relación reflexiva con lo que hacemos.Las preguntas se plantean de forma algo distinta en formación continua, pero ésta también podría orientarse más claramente hacia una práctica reflexiva que hacia una actualización de los conocimientos disciplinarios, didácticos o tecnológicos.
En cualquier caso, la práctica reflexiva se aprende con un entrenamiento intensivo, lo que nos remite no tanto al pequeño módulo de iniciación a la reflexividad, sino a las formaciones completas orientadas al análisis de prácticas y a el procedimiento clínico de formación.

Por: Philippe Perrenoud