La nueva utopía del aprendizaje personalizado

Lunes 18 de Marzo de 2019

Todo conocimiento o práctica que entra al aula pierde vitalidad cuando se convierte en lección escolar, no importa cuán disruptiva se proponga ser.

Ese dispositivo tecnológico creado para distribuir conocimiento y cohesionar sociedades -al sistema educativo me refiero- tiene un problema: su consola de juego -de la escuela hablo- hace tiempo que no logra cumplir con las dos metas históricas de ese juego de estrategia que se llama "escolarización". La inclusión por un lado, la calidad de los aprendizajes por el otro.
En Argentina en particular, pero en muchas otras naciones del mundo, y especialmente en la escuela secundaria, muchos chicos nunca la alcanza o nunca la termina. Y si la termina, en la mayoría de los casos lo hace con niveles bajísimos de aprendizaje. Y aquellos que sí aprenden, muchas veces se aburren: saben jugar, con cierto cinismo, con las reglas del juego escolar pero no le encuentran un sentido profundo, existencial. Van y cumplen. Pero no viven.
Ahora la conversación especializada en torno a la eficacia, o ineficacia, de la escuela insiste en un tercer objetivo para los sistemas escolares: la personalización de los aprendizajes. El argumento es que de la mano de la personalización del modo en que aprenden los alumnos se resolverán los problemas de la inclusión y la calidad, y también los de motivación y compromiso con la experiencia que la escuela les plantea a niños y adolescentes.
El problema, se insiste ahora, es ese: la falta de personalización. ¿De qué hablamos cuando hablamos de "personalización" en educación?
En un sentido muy tradicional, las materias "extracurriculares" intentaron cumplir con ese objetivo: actividades como ajedrez, danza folclórica, coro, teatro, algún instrumento musical ingresaron ya hace décadas al sistema educativo.
El objetivo fue ese: si el aparato escolar era una tecnología de normalización y estandarización de ciudadanos, las actividades extracurriculares intentaron convertirse en la puerta abierta hacia una relativa libertad y personalización de la vida escolar. Un intento de costumización de la experiencia escolar.
Esa solución encuentra nuevas versiones hoy en día, con materias extracurriculares de nuevo tipo, acorde con los tiempos. Pero el trasfondo es el mismo: la escuela como proveedora de un contrapeso personalizado que balancee el disciplinamiento contundente que ejerce sobre las mentes y cuerpos escolares donde, en general, de individualidad queda poco.
El problema en este punto es un desafío histórico de la escuela: que todo conocimiento o práctica que entra al aula pierde vitalidad cuando se convierte en lección escolar, no importa cuán disruptiva se proponga ser. La transposición didáctica, el modo en que se traducen los contenidos y prácticas que nacen en el mundo exterior a la escuela cuando entran a la escuela, resta siempre algo del carácter creativo y libertario original. Así son las cosas: por el mero hecho de suceder dentro de los muros de la escuela, se degradan en su vigor.
Otra interpretación de la personalización educativa conecta directamente con el desarrollo de la inteligencia artificial. Aquí la personalización escolar es sinónimo de personalización pedagógica, mediada por la tecnología. En cada interacción con ese software, la huella pedagógica dejada por el alumno irá definiendo un perfil personal de aprendizaje.
Esa personalización educativa apunta a una de las nuevas misiones del juego escolar: que los alumnos aprendan cosas interesantes y difíciles a través de las mejores herramientas pedagógicas, es decir, las más personalizadas y atentas a sus necesidades pedagógicas.
Nada que un buen maestro no pueda hacer, pero algo que un buen maestro puede hacer todavía mejor con un uso inteligente y estratégico de datos claves y robustos que la tecnología puede aportar acerca de los errores que cada estudiante comete, tipos de errores, tiempo de recuperación del error, sus estrategias para resolver problemas.
Ese camino ya se está recorriendo en algunos sistemas educativos. Y también presenta dilemas. Pero esa es otra historia.

Por: Luciana Vázquez