Juana Manso, dos siglos de una visionaria

Lunes 01 de Julio de 2019

Educadora inconformista, militante y feminista, sufrió todas las exclusiones. Biografía detrás de una calle en el barrio porteño más selecto.

La pionera, más conocida simplemente como Juana Manso. Una maestra, militante, de fuerte arenga política y decisiones disidentes, con un verbo idealista y práctico, con visión de futuro. Escribe páginas de historia, colaboraciones periodísticas, traducciones, poemas, piezas teatrales, novelas precursoras y ensayos pedagógicos. Solitaria por introspección reflexiva pero además por marginación, tuvo que enfrentar inmensos sufrimientos de toda índole, personal y pública. Sencillamente, aquella sociedad aún no estaba preparada para recibirla. Un paso adelante respecto de la pacata formación y la elemental estupidez que ceñía a sus conciudadanos dictándoles muchas de las más crueles manifestaciones, Juana Manso soportó golpes en su espalda, cuando la abucheaban por sus ideas y la despreciaban por su aspecto.
Ese cuerpo, castigado por una hidropesía que no dependía de ella poder controlar, porta otra marca, esta sí voluntaria, ya que de manera atípica se permitió el menos convencional de los cortes de cabello para una señora de entonces. Fue rechazada en muerte como lo fuera en vida por sus ideas; su libertad de pensamiento y su conversión al protestantismo la tornaron una persona no grata y luego non sancta. En abril de 1875, no pudo ser enterrada en el cementerio de Chacarita por no ser aceptada, como resultado de su disidencia religiosa.
Asombró a todos. Muchos no la trataron como merecía, pero algunas de las personas más lúcidas de su época supieron apreciar su anticonvencionalismo y su talento. José Mármol le brindó su amistad, Sarmiento la distinguió enseguida, con Avellaneda compartió tribuna, Bartolomé Mitre la vio venir y Juana Manuela Gorriti la distinguió.
Observada incluso desde lejos, algunos de sus poemas fueron traducidos por Henry Longfellow con admiración. Y Mary Mann conoció sus iniciativas y la quiso. A ésta, Juana le agradece los elogios y le explica en una carta de 1866 que “la mujer no tiene entre nosotros personalidad intelectual sancionada por los códigos o las costumbres. La mujer en esta América es un menor; su influencia, ninguna, con semillas coloniales”.
Por ello, “la emancipación moral de la mujer” fue uno de sus temas pioneros. Inicialmente se dedicó a difundirlo a través del periódico que, en tiempos de su exilio, fundó en Río de Janeiro, O Jornal das Senhoras. Afirmaba que el camino para alcanzar tal fin se abonaba con la ilustración. Sabía que se había propuesto una obra colosal y que, en función de ella, la calumnia era solo una pequeña “espina en la carrera peligrosa”, porque las metas eran a largo plazo. Y no se equivocó.
En nuestro tiempo de nuevos feminismos y conquistas que marcan ya algunas felices vías sin vuelta atrás, es preciso regresar a ella con gratitud. Manso es esa mujer magnífica, inteligente y entrañable que nos recuerda que el verdadero incentivo radica en “combatir la ignorancia” en forma sistemática, para dar por tierra, entre otras cosas, con las “virtudes negativas” dictadas a las mujeres, que son callar, ignorar y obedecer.
Tiene desde edad muy temprana la intuición y la conciencia de la necesidad de un método como herramienta para una gran enseñanza, de ahí que observa y trata de aplicar modelos extranjeros exitosos.
El método es nada menos que una pedagogía, algo inusual por estas tierras. Manso sabe que va a contrapelo, pues a diferencia de otras mujeres de la época que abren salones para agradables tertulias, lo que esta joven abre en la primera casa familiar del exilio montevideano, para subsistir, es una sala de estudio, con ímpetu suficiente como para convertirse en colegio. Advierte que el tipo de enseñanza “no será común”.
Gracias a sus padres, había recibido la mejor educación para una joven de su tiempo; luego aspiró el clima intelectual que emanaba del salón de Marcos Sastre y de los emigrados durante el rosismo. Viajó más forzada por las sucesivas circunstancias que por propia elección. Acaso el único viaje que en verdad ella decidió realizar fue el del retorno a Buenos Aires en 1853.
Vuelve con sus dos hijas, Herminia y Eulalia, pues debe franquearse el paso sola con las pequeñas, tras el abandono de su marido, el violinista portugués Francisco de Sáa Noronha, y es pionera de la prensa, de la escuela mixta, del jardín de infantes. Inaugura bibliotecas y publicaciones, ocupa cargos directivos: es una “obrera del progreso” –como bien la llama el periódico La Ondina del Plata–.
Mientras planta la promesa de lo que necesariamente habrá de llegar, escribe en febrero de 1852 que “el libre albedrío es un acto metafísico que, con cuanto sea posible, existe lógico e irrecusable como una cifra aritmética”.
Se revela amante de la “simplicidad republicana” y demócrata, aunque señala un error fundamental cometido por las democracias al nacer: la exclusión de la existencia política de las mujeres y la negación de sus derechos.
Junto a ellas, la defensa de niños, indios, negros y demás oprimidos, llevada a cabo no solo mediante sus textos programáticos sino también a través de sus ficciones, es la forma en que construye un pensamiento alternativo. De ahí que su temprana novela La familia del Comendador resulte paradigmática del ideal antiesclavista.
Hija del romanticismo de su época, admiró a Victor Hugo y Beethoven, dos genios de su siglo a quienes se sentiría La pionera, más conocida simplemente como Juana Manso. Una maestra, militante, de fuerte arenga política y decisiones disidentes, con un verbo idealista y práctico, con visión de futuro. Escribe páginas de historia, colaboraciones periodísticas, traducciones, poemas, piezas teatrales, novelas precursoras y ensayos pedagógicos. Solitaria por introspección reflexiva pero además por marginación, tuvo que enfrentar inmensos sufrimientos de toda índole, personal y pública. Sencillamente, aquella sociedad aún no estaba preparada para recibirla. Un paso adelante respecto de la pacata formación y la elemental estupidez que ceñía a sus conciudadanos dictándoles muchas de las más crueles manifestaciones, Juana Manso soportó golpes en su espalda, cuando la abucheaban por sus ideas y la despreciaban por su aspecto.
Ese cuerpo, castigado por una hidropesía que no dependía de ella poder controlar, porta otra marca, esta sí voluntaria, ya que de manera atípica se permitió el menos convencional de los cortes de cabello para una señora de entonces. Fue rechazada en muerte como lo fuera en vida por sus ideas; su libertad de pensamiento y su conversión al protestantismo la tornaron una persona no grata y luego non sancta. En abril de 1875, no pudo ser enterrada en el cementerio de Chacarita por no ser aceptada, como resultado de su disidencia religiosa.
Asombró a todos. Muchos no la trataron como merecía, pero algunas de las personas más lúcidas de su época supieron apreciar su anticonvencionalismo y su talento. José Mármol le brindó su amistad, Sarmiento la distinguió enseguida, con Avellaneda compartió tribuna, Bartolomé Mitre la vio venir y Juana Manuela Gorriti la distinguió.
Observada incluso desde lejos, algunos de sus poemas fueron traducidos por Henry Longfellow con admiración. Y Mary Mann conoció sus iniciativas y la quiso. A ésta, Juana le agradece los elogios y le explica en una carta de 1866 que “la mujer no tiene entre nosotros personalidad intelectual sancionada por los códigos o las costumbres. La mujer en esta América es un menor; su influencia, ninguna, con semillas coloniales”.
Por ello, “la emancipación moral de la mujer” fue uno de sus temas pioneros. Inicialmente se dedicó a difundirlo a través del periódico que, en tiempos de su exilio, fundó en Río de Janeiro, O Jornal das Senhoras. Afirmaba que el camino para alcanzar tal fin se abonaba con la ilustración. Sabía que se había propuesto una obra colosal y que, en función de ella, la calumnia era solo una pequeña “espina en la carrera peligrosa”, porque las metas eran a largo plazo. Y no se equivocó.
En nuestro tiempo de nuevos feminismos y conquistas que marcan ya algunas felices vías sin vuelta atrás, es preciso regresar a ella con gratitud. Manso es esa mujer magnífica, inteligente y entrañable que nos recuerda que el verdadero incentivo radica en “combatir la ignorancia” en forma sistemática, para dar por tierra, entre otras cosas, con las “virtudes negativas” dictadas a las mujeres, que son callar, ignorar y obedecer.
Tiene desde edad muy temprana la intuición y la conciencia de la necesidad de un método como herramienta para una gran enseñanza, de ahí que observa y trata de aplicar modelos extranjeros exitosos.
El método es nada menos que una pedagogía, algo inusual por estas tierras. Manso sabe que va a contrapelo, pues a diferencia de otras mujeres de la época que abren salones para agradables tertulias, lo que esta joven abre en la primera casa familiar del exilio montevideano, para subsistir, es una sala de estudio, con ímpetu suficiente como para convertirse en colegio. Advierte que el tipo de enseñanza “no será común”.
Gracias a sus padres, había recibido la mejor educación para una joven de su tiempo; luego aspiró el clima intelectual que emanaba del salón de Marcos Sastre y de los emigrados durante el rosismo. Viajó más forzada por las sucesivas circunstancias que por propia elección. Acaso el único viaje que en verdad ella decidió realizar fue el del retorno a Buenos Aires en 1853.cercana. Con el escritor francés, por su amor a los más débiles y la denuncia de las injusticias del sistema imperante; con el músico de Viena, por sus sufrimientos físicos y los maltratos padecidos. Un año antes de morir, Juana llega a confesar su identificación con él, no pretendiendo parangonarse en mérito sino hermanándose humanamente: “Como yo y más que yo, él era pobre. Vivía en la soledad más absoluta del espíritu. Era sordo y, como yo, mal entrazado”.
A las burlas a su figura y a sus ideas, opone inventiva y a la segregación, obras, porque su capacidad es superior y su vocación y convicciones son insobornables.
Carlos Vega Belgrano recordaba la tristeza y timidez de sus ojos penetrantes, para agregar: “¡Había sido tan burlada! ¡Fue tan denigrada! ¡Tanto se habían reído de ella la estulticia y la maldad!”.
Sin embargo, sorteando un cúmulo de prejuicios, nadie lograría callarla, ni los anónimos ni el agresivo Santa Olalla ni las bravuconadas de Félix Frías, fanáticos del conservadurismo, contra la independencia individual, los derechos de la libre expresión, las reformas pedagógicas y la emancipación de las mujeres.
Barridos como hojarasca de la historia quedan los rostros almidonados, gestos inútiles y nombres vacíos de tantos que pasaron a su lado, especialmente de tantas señoronas sin luz, que torcieron la boca al verla, ignoraron sus magníficos aportes o le negaron el saludo.
Juana Manso, en cambio, aún nos alumbra con su inteligencia a pesar de las incomprensiones, con su firmeza para defender las causas en las que creía, con su independencia de pensamiento y acción, por encima de cualquier prebenda o beneficio y con su esperanza más allá de las injusticias. Quebrar jerarquías, pensar sin imponer temor, abrazar un compromiso humanista son algunas de sus directrices. “Hay escuelas para pobres y escuelas para ricos” denunciaba, en el afán de nivelar la educación. Y más: “Se quiere un país en la ignorancia para dominarlo mejor”. Vencer esa ignominia hará, como entre sus versos, “Triunfante la moral, pura la historia”, la misma historia que deberá albergar su nombre claro para siempre.

Por: María Gabriela Mizraje - poeta, narradora y docente de la UBA. Uno de sus últimos libros es Argentinas de Rosas a Perón.