A 50 años del viaje más fantástico

Lunes 15 de Julio de 2019

En 1969 la humanidad puso un pie en la Luna. Fue un sueño compartido durante siglos que excedió al mundo científico: se lo leyó en clave antropólogica, ficcional y hasta astrológica. Concretado en plena Guerra Fría, se lo interpretó como una victoria de EE.UU. sobre la ex URSS. 

Atraviesa todo tipo de culturas y religiones y ahora su brillo se reactualiza ante la proximidad del cincuenta aniversario del famoso viaje de la nave Apolo XI, que le permitió al ser humano alcanzar por primera vez el único satélite de la Tierra. Sus fases han sido interpretadas y asimiladas al renacimiento y a la muerte y aún hoy convocan la atención de habitante urbano, aunque los vuelos espaciales tengan menos fama que antes y los cultos antiguos se hayan transformado, atenuado o desaparecido. ¿Por qué persiste la fascinación por el astro lunar?
La histórica travesía que llegó al satélite el 20 de julio de 1969 fue inmortalizada en directo por la TV ante una audiencia mundial que lo vivió como si hubiera estado en esa nave, y provocó un universo de libros, programas, documentales, artículos periodísticos y conferencias. Más allá de todas las evidencias y de ser el corolario de una serie de pasos previos realizados por astronautas estadounidenses y de la ex URSS, en el marco de una competencia entre Washington y Moscú por apropiarse del espacio, hay quienes echaron a correr la versión de que esa misión en realidad nunca existió y que todo fue un montaje. Esa teoría conspirativa tiene muchos años de vida, pero en un contexto de certezas que se diluyen y de multiplicación de datos falsos o disparatados vía ciberespacio, parece estar remozada. “Las teorías conspirativas existieron siempre, pero con las redes y con esto de que cualquiera puede decir y subir cualquier cosa, se han reforzado. Siempre está el tema de que en realidad no hubo alunizaje en 1969, hasta nos han llamado de algunos medios para preguntarnos, pero ya con una creencia previa”, afirma Mariano Ribas, coordinador del área de divulgación científica del Planetario porteño, que recuerda que allí está exhibida una cápsula con cuatro fragmentos de piedras traídas desde la Luna por la misión Apolo XI.
Para el antropólogo y astrónomo Alejandro López la vigencia de esas teorías, “comparten un trasfondo vinculado a la desconfianza por la ciencia como extensión de los gobiernos y el anhelo-temor por el encuentro con una civilización no humana que resulte en una fuente de respuestas sobre el sentido del mundo”. El escritor y filósofo especializado en ciencia ficción, Pablo Capanna, agrega que esas ideas sin sustento fermentan en “el marco de la caída de los metarrelatos: tendemos a creer más en las fake news y las posverdades que en las noticias, porque nos hacen sentir cómplices”.

La Luna del siglo XXI
Los habitantes de las ciudades, cuando el ritmo de la vida lo permite, vuelven su mirada la Luna, más que nada desde la contemplación estética, aunque hay quienes buscan en sus formas una posible incidencia en la vida. López cree que “el contexto urbano cada vez más frecuente para gran parte de la población humana ha hecho que tengamos un conocimiento cotidiano menor sobre la Luna que el de las generaciones que nos precedieron. Así, por ejemplo, ya no solemos saber en qué fase del ciclo lunar nos encontramos”. Curiosa situación de una época saturada de datos pero que, al menos con estos ejemplos, demuestra una mayor ignorancia de fenómenos cotidianos.
En paralelo, la ciencia nunca deja de auscultar al único satélite terrestre. En esa órbita, Ribas destaca que, dentro de los hallazgos científicos más recientes, en términos históricos, hay uno que resalta: “Desde hace unos 20 años se encontró agua congelada en las zonas más polares de la Luna; ese descubrimiento de hielo no es importante solo por lo científico, sino porque esa presencia favorece la posibilidad de asentamientos humanos en el futuro. Cuando en 2020 vuelvan misiones tripuladas a la Luna, ese hallazgo servirá de mucho”. Por ese motivo hubo quienes imaginaron la posibilidad de vivir en la Luna ante un hipotético desastre nuclear en la Tierra o un cataclismo arrasador.
Para Capanna “la ‘conquista’ del espacio canalizó en su momento todos los deseos y esperanzas de aquellos que nos habíamos criado con la ciencia ficción, pero la epopeya no fue tal, y no hay tantos chicos que suenen con ser astronautas; todos quieren ser futbolistas”.

Una testigo de todas las épocas
Jules Cashford (filósofa y especialista en mitología) recorrió los vínculos de distintas culturas respecto de la Luna, y halló todo tipo de mitos vinculadas a ella, y considera que muchos de estos permanecen, de una forma u otra, en la actualidad (ver entrevista). Un sendero con ciertas semejanzas plantea La Luna: influjo, arte y pensamiento, el libro de Joachim Kalka. El satélite, presente en el cielo desde hace millones de años, es una suerte de compañero eterno de los seres humanos, y su origen se mezcla con los del propio planeta sobre el cual orbita. De hecho, Alejandro López recuerda: “Hoy la teoría astronómica más firme sobre el origen de la Luna apunta a una colisión, durante los primeros tiempos de formación del sistema solar, entre la ‘proto Tierra’ y otro cuerpo de masa bastante importante”.
Huellas de cultos lunares se hallan impresas en todo el mundo; desde la civilización sumeria hasta la egipcia, pasando por la grecorromana, otorgan en mayor o menor medida un brillo especial en su sistema religioso a la Luna. Un diccionario de mitos, símbolos y leyendas, publicado en Buenos Aires en 1963 por Macagno, Landa y Compañía, lista unos 80 nombres de divinidades o personajes míticos que representaban al satélite o estaban relacionados con él. Así, aparecen la divinidad árabe Allillat, la diosa romana Diana o Farnax, una deidad lunar registrada entre pueblos de la España antigua. Y si en la mitología nórdica la Luna, denominada Mani, era perseguida por dos lobos que la devorarían en el fin del mundo, en Egipto se la asociaba a Isis y en el panteón védico se encarnaba en Soma, un dios al que se le ofrecían sacrificios.
Para el caso del actual territorio argentino, el antropólogo e investigador del Conicet Pablo Wright, afirma que, para los tobas, ubicados en Chaco, “la Luna es masculina, y el Sol es femenino; la Luna se llama Ñi Auogoic, y produce la primera menstruación. Para esa cultura son seres poderosos, más que divinidades, y que cumplen ciertas funciones”.

Historia de una obsesión
¿Qué explica esta persistencia cultural de la Luna que atraviesa continentes, milenos y religiones? Vivimos en un mundo más secularizado, pero, con distinta intensidad, esa esfera pálida ubicada a más de 340 mil kilómetros genera aún hoy curiosidad, fanatismos, inspiración para artistas, combustible para ideas conspirativas y material para los científicos de distintas disciplinas. Dice Mariano Ribas: “Junto con el Sol, son los astros más evidentes. Del escenario astronómico el Sol y la Luna acaparan más la atención. Además, ambos han servido como orientación espacial y temporal. No hay cultura sin algún tipo de divinidad asociada a la Luna y al Sol”.
Muerte y renacimiento de un lado y otro de la Luna
Desde la antropología, Wright, que forma parte del Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA señala: “La Luna está ahí siempre, y tiene una periodicidad. Y las diferentes sociedades acompasan la periodicidad de la Luna con procesos sociales, como la caza, la pesca y la menstruación; ahora, con la globalización, las religiones pierden cierto monopolio de lo sagrado, y se dice: ‘Si tenés la Luna en tal lugar, pasa tal cosa’. La Luna integra muchos elementos de la vida contemporánea, como esto de ir a juntarse a ver la Luna llena, y va más allá de la ciencia. Se le confiere un sentido mucho más polisémico, algo sagrado pero con formas contemporáneas”. Para Capanna, “La Luna siempre atrajo porque, a diferencia del Sol y las estrellas, tiene el aspecto de un mundo como el nuestro, con montañas, valles y hasta ‘mares’”. Es el astro más fácilmente visible sin demasiado equipamiento y su ritmo regular le garantiza al ser humano poder predecir sus fases. López, también es investigador del Conicet y se especializa en astronomía cultural, otro matiz. “Su tamaño visto desde la Tierra es muy similar al del disco solar (hay pequeñas variaciones debido a que la distancia entre la Tierra y la Luna cambia levemente en distintos momentos).” La fascinación por la Luna generó todo tipo de relatos , piezas de culto y mitos. Dentro de esas producciones también existía la intención de comprender la naturaleza del satélite, en épocas en donde la ciencia tal cual la conocemos no existía. El devenir de los siglos aclaró más características de ese territorio. La geógrafa y doctora en Filosofía y Letras (UBA) Carla Lois recuerda que “Galileo Galilei comenzó a observar la Luna con la ayuda de un telescopio unos meses después de que el inglés Thomas Harriot comenzara a hacer lo mismo, pero fue el primero en publicar sus observaciones en el Sidereus nuncius, que apareció en Venecia en 1610”. Ella agrega que “los grabados muestran más de lo que se puede ver desde el telescopio; Galileo exagera deliberadamente las dimensiones de las características principales para lograr un efecto dramático e ilustrar su principal punto textual: argumenta que la Luna tiene un paisaje accidentado, en contradicción con la teoría aristotélica que le atribuye una superficie lisa. Galileo incluso estima la altura de las ‘montañas de la luna’.” La idea de la relativa semejanza de la forma de la Luna y de la Tierra, sumada a la cercanía y fácil visión de aquella, se combina con el mecanismo de apoyarse en lo conocido para describir un objeto nuevo. Michael van Langren, en 1645, señala Lois, “publicó un mapa de la Luna que es muy similar a los mapas terrestres. Se destaca por incluir topónimos (nombres de continentes, de islas, de mares, de montañas). Dice que cuenta con la anuencia del Rey Felipe IV para nombrar su descripción selenográfica, o geografía lunar, como Lumina Austriaca Philippica. A simple vista, no hace nada diferente a lo que hacen los geógrafos cuando describen el globo terráqueo de la Tierra nada diferente de lo que hacen los geógrafos cuando navegaban, exploraban, describían y cartografiaban el globo”.
Claro que la Luna representaba un desafío de una naturaleza muy distinta al de cartografiar Gran Bretaña o las costas de la parte occidental de África. “La principal diferencia radicaba en que la Luna era tanto imposible de recorrer como de ver en un solo golpe de vista. Por lo tanto, Michael van Langren utilizó treinta imágenes de las fases creciente y menguante de la Luna, que se sucedían una tras otra. El selenógrafo no dibuja la imagen como se ve a través del telescopio, sino que cartografía una imagen mental. En el espacio entre el ojo y la mano del selenógrafo se inscriben expectativas y horizontes de imaginación”, explica Lois.

Crónicas lunares
Las fronteras entre la ciencia ficción y la investigación científica pueden tornarse brumosas. Capanna recuerda que Johannes Kepler, astrónomo y uno de los padres de la ciencia moderna, fue uno de los precursores en imaginar, desde la ficción, historias sobre la Luna. En la novela Sueño astronómico publicada en 1634, cuatro años después de la muerte de Kepler, el autor cuenta un viaje a la Luna protagonizado por un personaje que llama Duracotus, que realiza la travesía “en alas de demonios invocados por una hechicera de Islandia” y que ya en suelo lunar conoce a los que lo habitan, denominados ‘endimionidas’, como figura en el libro de Capanna Historia de los extraterrestres (Capital Intelectual). El filósofo también rescata una obra ficcional publicada un lustro antes que Sueño astronómico, y que consistía en la historia de un aventurero español llamado Domingo González, escrita por el obispo inglés Francis Godwin y titulada El hombre en la Luna.
Más de dos siglos después, H.G Wells retomaba la idea de Kepler en su novela Los Primeros Hombres de la Luna, de 1901. Capanna también recuerda las obras del matemático John Wilkins (Descubrimiento de un Nuevo Mundo en la Luna, de 1638), de Cyrano de Bergerac (Viaje a la Luna, de 1649), de Daniel Defoe (The Consolidator, de 1705), y de Washington Irving (The Man on the Moon, de 1809), además de las de Alejandro Dumas (Un viaje a la Luna, de 1860) y Julio Verne (De la Tierra a la Luna, de 1865). Capanna también nos subraya que el cine “en 1950 anticipó todo lo que en 1969 veríamos por tv”, en alusión al filme Con destino a la Luna, estrenado ese año.
López añade que “desde principios del siglo XX diversos escritores (como H. G. Wells y Edgar Rice Burroughs) popularizaron la idea de una Luna hueca. En los años sesenta del siglo XX dos astrónomos rusos especularon con una versión modernizada de dicha idea, planteando que la Luna podía ser un objeto artificial construido por una civilización extraterrestre. Aunque los datos sismográficos y toda la evidencia obtenida posteriormente descartan esta idea, en ciertos círculos se volvió popular”.
Indiferente a las ficciones e investigaciones sobre ella, la Luna se mantiene lista para continuar con su parsimonioso y previsible recorrido alrededor de la Tierra.

Por: Alejandro Cánepa

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