¿Sociedad del conocimiento o sociedad de la sabiduría?

Lunes 02 de Septiembre de 2019

Suele ser más fácil repetir frases hechas acerca de conceptos de moda que pensar sobre ellos. Ocurre con palabras y etiquetas como "empoderamiento", "liderazgo", "gobernanza", "leer los partidos", "inteligencia emocional", "gestión", para citar unas pocas entre docenas.

En ese contexto es habitual hablar de "la sociedad del conocimiento". La sociedad actual. Una sociedad en la que se plantea lo que el filósofo y psicoanalista argentino Miguel Benasayeg y el psiquiatra francés Gérard Schmit llaman una educación bajo amenaza. El mensaje que los adultos repiten y los jóvenes reciben insiste en que adquieran conocimientos y diplomas, so pena de convertirse en desempleados sin futuro, dicen los autores de Las pasiones tristes. Una educación utilitaria. Conocimiento, pero no por interés, no por deseo de comprender el mundo en el que viven, especialmente el acontecer humano, sino conocimiento utilitario. Nada de aprender lo que no sirve (como, por ejemplo, las humanidades).
El conocimiento debe ser un arma para un futuro temible y no una herramienta para construir un porvenir con sentido. Conocer bajo amenaza. Quien es educado así pasa por un símil de entrenamiento militar para una vida pensada como batalla. Para una sociedad competitiva antes que cooperativa. Bajo esa lupa cabe preguntarse si la muy mentada "meritocracia" (otra palabra repetida mecánicamente) no premia a los más indiferentes ante el otro, a los menos empáticos, a los que priorizan eficiencia sobre solidaridad, rigor sobre compasión.
Hay personas con mucho conocimiento y poca sabiduría y otras que, sin ser expertos en nada, son muy sabias a la hora de vivir y, sobre todo, de convivir.
El conocimiento utilitario vendría a ser, paradójicamente, un camino hacia la ignorancia. Decía el filósofo, matemático y ensayista Blaise Pascal (1623-1662), cuyos Pensamientos siguen siendo recomendables, que "vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una sola cosa". Pascal decía saber y no conocer, porque la sabiduría y el conocimiento marchan por caminos diferentes. El conocimiento se enfoca en especializaciones y técnicas. La sabiduría es el resultado del procesamiento de las experiencias que se atraviesan en la vida. Hay personas con mucho conocimiento y poca sabiduría y otras que, sin ser expertos en nada, son muy sabias a la hora de vivir y, sobre todo, de convivir. Esto es así porque el conocimiento no exige amor, pero la amorosidad resulta inseparable de la sabiduría.
Mientras el conocimiento es una puerta que se abre desde afuera, es decir que se forja a partir de información, técnicas y adiestramiento que provienen de fuentes externas, la puerta de la sabiduría se abre desde adentro. Se llega a ella como fruto de dudas, exploraciones, intuiciones, dolores, tránsitos, extrañezas, experimentados a lo largo de la vida con la conciencia despierta. Los sabios no nacen, se hacen. En esto coinciden con los especialistas y los conocedores, pero la diferencia está en que unos se hacen en la vida y otros en academias, libros, laboratorios o universidades. No son adversarios, pero tampoco son sinónimos.
Cuando Sócrates afirmó su célebre "solo sé que no sé nada", definió la condición de sabio. El que se mantiene abierto al asombro, a la incertidumbre, al misterio, el que no se aferra al salvavidas del conocimiento específico y utilitario, el que se hace preguntas sin conocer de antemano las respuestas y sin temerles. "Cada día conocemos más y entendemos menos", diría Albert Einstein muchos siglos más tarde, advirtiendo quizá sobre un peligro incluido en la sobrevaloración del conocimiento como fin en sí. El riesgo de que el conocimiento, como meta suprema o arma ante el futuro temible, remplace al pensamiento.
El filósofo español Fernando Savater es más directo en esto: "Es mejor saber después de haber pensado y discutido que aceptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar". Acaso más que a la sociedad del conocimiento debamos aspirar a la sociedad de la sabiduría.

Por: Sergio Sinay

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